El futuro demócrata
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El futuro demócrata

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El futuro demócrata

13/11/2018
Actualización 13/11/2018 - 13:37

Las elecciones de medio término en Estados Unidos la semana pasada arrojaron resultados elocuentes, algunos muy sólidos, y otros que aún están por definirse.

El electorado americano está profundamente dividido. Tal vez como nunca antes. Estados donde la diferencia a contiendas para gobernador estuvo a 1.0 o a 1.5 por ciento de distancia entre el primer lugar de un partido, y el segundo de otro. Estados claramente republicanos, con una sólida tendencia en esa dirección por décadas (Texas, Arizona, Nuevo México) en los que aparecieron múltiples distritos con tenues victorias demócratas, pero muchos otros donde los republicanos aventajaron apenas por un par de puntos. Distritos justo donde los republicanos barrían años atrás.

Con todo, a pesar de haber conquistado la Cámara de Representantes, no fue suficiente para ganar el Senado.

De 36 estados que renovaron gobernador, apenas 15 fueron nuevas victorias para los demócratas.

Las lecciones son varias. Trump sigue teniendo una sólida base de simpatizantes (oscila entre el 32 y el 40 por ciento, según la región) pero no es invencible. Todo lo contrario, los republicanos mostraron graves debilidades.

Los demócratas, en contraste, siguen sin un motivo central, un tema unificador que mueva a su electorado, a pesar de que se concentraron en la salud, la atención médica y los seguros.

El Partido Demócrata carece de un líder con presencia nacional. Todos aquellos senadores o gobernadores que han despuntado, lo han hecho de forma efímera, sólo para volver a la auténtica dimensión de sus regiones y distritos.

Este fin de semana, dos politólogos y asesores de la excandidata presidencial Hillary Clinton, publicaron artículos acerca de una nueva aspiración presidencial, como candidata renovada y fortalecida. Hablan de una Hillary 4.0, reloaded, para hacer nuevamente frente a la muy probable candidatura de reelección de Donald Trump. Hillary ya no cuenta con el respaldo entre los demócratas que tenía en 2016. Sus niveles de aprobación han descendido, y es poco probable que la extendida base de su partido pudiera volver a convertirla en su candidata presidencial. Y las consideraciones son muchas, edad, respaldo, penetración entre el electorado, y muchas más.

Derrotar a Trump en 2020 va a significar una elección titánica, por movilizar a un electorado y votar en contra de su presidente.

Hoy las posibilidades legislativas de Trump se redujeron significativamente. Muy pocos asuntos están exentos de un tránsito por la Cámara baja, algunos delicados como la designación de jueces a la Suprema Corte –punto extremadamente grave puesto que Trump ya designó a dos, sólidos conservadores y le tocará aún designar a un tercero por retiro. Esto cambiará seriamente la balanza en el Poder Judicial.

Pero fuera de eso, tratados y designaciones internacionales, la Cámara baja muy probablemente negará todo presupuesto que el presidente quiera para financiar sus ocurrencias, como el muro fronterizo con México.

Eventualmente designará comités especiales de investigación para revisar los muchos pendientes oscuros en la vida y empresas de Trump: sus impuestos, sus hoteles, sus hijos evadiendo al fisco o manteniendo contactos sospechosos y comprometedores con Rusia y otros países. Serán dos años complicados para Trump, pero eso no resuelve la situación para los demócratas. Ellos deberán construir una figura con la solidez, el prestigio, la fuerza y eventualmente la fortuna para ser atractivos a los electores.

Un nombre someto a su consideración: Michael Bloomberg, quien gobernó Nueva York dos periodos como republicano en la década pasada, y se acaba de registrar como demócrata hace sólo dos semanas. Tiene el prestigio del que Trump carece, su fortuna es seis veces mayor a la de Trump, tiene una firme convicción filantrópica, y cuenta con el apoyo y simpatía de varios sectores. Faltará ver si las bases demócratas aceptan a un exrepublicano como su abanderado.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.