Descomposición americana
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Descomposición americana

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Descomposición americana

02/06/2020
Actualización 02/06/2020 - 15:38

Los graves sucesos que han golpeado a las ciudades estadounidenses en los últimos cuatro días, ponen de manifiesto la debilidad de un sistema que ha sido incapaz de resolver sus diferencias. La potencia económica y militar más sólida del mundo dejó ya hace tiempo de agregar a esos títulos, el de la mayor democracia del planeta. La pluralidad, la tolerancia, la apertura, el respeto al Estado de derecho, las garantías inquebrantables de las minorías, el debate partidista que ponía los intereses de la nación por encima de todo, se ha resquebrajado en tirones durante los últimos tres años.

La llegada a la Casa Blanca de Donald Trump acentuó gravemente las diferencias, la polarización social, la persecución a los migrantes, el enérgico rechazo a las diferencias.

El racismo es una vieja herida que no sólo se niega a cerrar, sino que reaparece cíclicamente cuando alguna bestia violenta de cualquier corporación policiaca oprime el detonador y comete un acto de brutalidad. Sucedió con Rodney King, en Los Ángeles, a finales de los años 80; ha sucedido cada vez que un ciudadano afroamericano es humillado, violentado, asesinado, como el trágico crimen en contra George Floyd, en Minneapolis.

A seis días del atropello, se ha incendiado la mecha de la inconformidad y del desánimo social transformado en ira. Se suman 75 ciudades en todo el territorio que han registrado marchas, protestas, destrozos, asaltos y enfrentamientos directos con policías y hasta con elementos de la Guardia Nacional. Más de seis ciudades, entre ellas Nueva York, Washington DC, Minneapolis misma, han establecido 'toque de queda' para contener la ira nocturna de miles de ciudadanos ofendidos y oprimidos.

Esto es un caldo de cultivo, donde convergen en un solo momento coyuntural, una serie superpuesta de diferentes crisis: la racial –antigua brecha cíclica– ahora sumada la de salud, con una pandemia que ha arrasado con 100 mil estadounidenses sin guerra ni conflicto armado; se agrega con extrema gravedad la económica, donde hasta el viernes pasado 40.2 millones de ciudadanos estadounidenses presentaron solicitudes para seguro y beneficios por el desempleo. Y podemos incluir la social y política, con un liderazgo que polariza, que convoca al conflicto, que confronta a segmentos completos de la sociedad bajo un liderazgo de choque, de división, de diferenciación –nosotros los blancos, los auténticos y verdaderos americanos, frente a todos los demás.

Trump ha sido incapaz en estos seis días de emitir un mensaje de reconciliación, un llamado a la unidad, una convocatoria a retomar los cauces de un país diverso, plural, multiétnico; por el contrario, ha pedido a los gobernadores “mano dura” para enfrentar las protestas y las manifestaciones e incluso ha lanzado la amenaza, ayer lunes, de enviar tropas para contener a los inconformes. No podía ser de otra manera: es un acosador por naturaleza que se crece ante el conflicto y la confrontación, carente por completo de cualquier liderazgo político como un hombre de Estado que no es.

Ni en las luchas por los derechos civiles de los años 60, Estados Unidos había atravesado por un momento tan oscuro, tan violento, tan disperso en su auténtica naturaleza democrática, jurídica, de respeto y defensa absoluta de las libertades y los derechos.

Sin presidente, sin líder moral que conduzca los destinos de una reconciliación, un mensaje de encuentro y de diálogo es imposible. Por el contrario, tienen al principal instigador de la polarización y el odio racial sentado en la Oficina Oval.

Todas las crisis juntas en una ensalada explosiva que aplasta al ciudadano de las minorías, al latino, al afroamericano, al perseguido, hostigado, señalado y expulsado por un sistema que eliminó los programas sociales; suspendió casi por completo y redujo la inversión al Medicaid y del Medicare –mecanismos de salud pública para dar cobertura a quienes carecen de un seguro privado–; un sistema que inició razias y detención masiva de inmigrantes.

La descomposición americana que vive hoy –la alguna vez más admirada democracia del mundo– es resultado inequívoco del discurso xenófobo, divisorio y hostil del señor Trump. No es el único responsable, pero si es su gobierno, sus acciones, su mensaje perpetuo de confrontación. Todos los vicios juntos y a la vista: la torpeza gubernamental, el cinismo de los políticos –parecieran decir pues que se mueran los viejos y las minorías- la pandemia arrastrando miles de muertos todos los días, el desempleo rampante que manda a millones a la calle, al hambre y la pobreza, y entre todo, estalla un cartucho de dinamita que les recuerda el racismo escondido, políticamente incorrecto, pero auténtico, real, no superado, presente y vigente, tal vez, acentuado en la era del populismo nacionalista.

Peor escenario, imposible. Se descomponen los Estados Unidos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.