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Biden

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Biden

27/10/2020
Actualización 27/10/2020 - 9:25

El último debate entre candidatos (Trump-Biden) tuvo lugar el pasado jueves. Los balances a cuatro días de distancia parecen asentarse en un argumento: Trump consiguió detener su derrumbe en las encuestas, pero fue incapaz de 'noquear' a Biden y tirarlo a la lona.

  1. Joe Biden, candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, es un hombre mayor, con 77 años a cuestas, que cumpliría 78 en su primer año de gobierno, de llegar a la Casa Blanca. Y si bien la política americana tiene una larga tradición de activos de mucho peso y trayectoria con edad considerable (Reagan presidente arriba de sus 70 años; Bob Dole, candidato republicano, arriba de los 70 años, y otros muchos, Mitch MacConell, etcétera) el caso de Biden llama la atención.
  2. La razón principal radica en la descomunal locomotora electoral que tiene enfrente: Donald Trump, salido del Covid tiene más fuerza y energía que muchos que ni siquiera se han contagiado.

Biden podría haberle dicho “qué bien te ves Donald, ojalá las medicinas que te dieron estuvieran disponibles para los millones de ciudadanos estadounidenses contagiados”.

Joe Biden no es un gran orador, tiene un añejo problema de tartamudismo, que logró controlar en sus más de 30 años en el Senado y después en sus ocho años como vicepresidente. Y lo hizo porque nunca tuvo la necesidad de realizar grandes discursos que cautivaran con su oratoria, hasta ahora. Es un político convencional, promedio, de Estados Unidos: conciliador, amable, cortés, caballeroso –acusado en algún momento de 'tocador' de mujeres, en el exceso de su cortesía y amabilidad– hombre de familia, padre de hijos con historias de tragedia, no del perfil militar –héroes de guerra y demás– sino pérdidas por enfermedad.

Fue un buen vicepresidente que combinó la potencia liberal y oratoria de Obama, con un perfil más al centro de los demócratas, blanco, elegante, bien vestido, nunca rico, pero defensor de una serie de valores y de ideas.

Tiene hoy un promedio de 11 puntos a nivel nacional en las encuestas por encima de Trump. Representa la más grande esperanza para millones de americanos, y también de ciudadanos del mundo, para sacar de la Oficina Oval al personaje más dañino para la política estadounidense en la historia: el presidente Trump.

El desempeño de Biden en el debate fue regular. No cautiva con su mensaje, es mesurado, prudente, de repente lanza algunos dardos cargados de fuerza venenosa a su oponente (su incapacidad e ignorancia sobre la pandemia, sus medidas por enriquecer a los ricos, sus alianzas con todos los truhanes del mundo –Putin, Kim, etcétera– sus lamentables medidas migratorias que separaron a miles de familias).

Bien, pero insuficiente. Trump debiera haber sido aplastado con argumentos contundentes: su tenebrosa relación con Rusia; su pésima actitud ante la ebullición del racismo americano, que por el contrario ha incendiado con torpes declaraciones; sus negocios oscuros a costa del poder –como la insistencia en que su campo de golf en Irlanda fuera sede del abierto británico, o el uso de su complejo en Miami como sede para la cumbre del G7 (iniciativas ambas que fracasaron).

Trump es un hampón en la presidencia de Estados Unidos. Llegó ahí por su indudable talento mediático, fruto de años de TV y entrenamiento profesional, y porque otros -Bannon, Stone, Putin, etcétera-, ideólogos y políticos profesionales, lo convirtieron con éxito en la representación del Estados Unidos blanco, sajón, antiinmigrante, nacionalista, reacio al mundo, con la antigua percepción de superioridad americana. Enemigo de los acuerdos, de los aliados, del comercio y del equilibrio mundial.

Trump es producto de ese pensamiento conservador y religioso tan extendido en Estados Unidos, pero no porque él lo encarne a nivel personal, sino porque lo representa como un actor profesional. En el fondo, es un cínico hombre de negocios, bastante ineficiente por cierto –seis bancarrotas demuestran su nefasto ejercicio como líder empresarial– que apela a esos sentimientos ultraamericanos, antiminorías, en extremo conservadores.

Biden es todo lo contrario. Es un político profesional con una carrera en el servicio público cercana a los 50 años, que hoy representa la única oportunidad de reconciliación en una sociedad gravemente dividida, confrontada, herida y amenazada por un discurso populista que agudiza las diferencias.

Biden puede ser la esperanza de reconstrucción de valores democráticos americanos, de perseguir y acotar el fenómeno del extremismo de derecha, las milicias, el sentimiento de racismo profundo en la sociedad estadounidense.

Trump dejará su huella sin duda, como la aprobación ayer de la nueva integrante de la Suprema Corte de Justicia, Amy Barrett, que rompe el equilibrio de seis a tres en favor de los conservadores en el máximo tribunal americano. Sin embargo, queda tiempo para impulsar las energías limpias, para reconstruir acuerdos internacionales, para remediar el desastre diplomático de Trump, para restringir los excesos y las locuras megalomaniacas de Putin o Kim.

Si los pronósticos de las encuestas se cumplen, Estados Unidos tendrá un nuevo presidente y se podrá reescribir esta oscura historia, producto de serie distópica con un presidente en contra de su propio país.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.