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La Brecha entre Israel y los Judíos de EUA

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La Brecha entre Israel y los Judíos de EUA

19/10/2020

La población judía de EUA suma alrededor de 6 millones, la mayor comunidad judía del mundo después de Israel (7 millones). Un número indefinido de judíos estadounidenses, pero considerable, no están identificados con la religión judía en virtud de que se han integrado al entorno no judío, ello no significa que sean antijudíos y/o antiIsrael.

En la comunidad judía estadounidense activa se pueden distinguir dos extremos, entre los cuales se sitúa la gran mayoría. Los que muestran un considerable apego a los valores liberales y los derechos universales que creen que los palestinos merecen un Estado viable propio en el marco de la solución de dos Estados, y los que respaldan las políticas de Israel incondicionalmente, que también se pronuncian a favor de dos estados, pero su compromiso con Israel es aún más profundo.

Es de destacar que, en junio de 2017, cuando el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, abandonó presionado por sus socios ultraortodoxos de coalición en el Parlamento un plan -que había llevado meses de consensuar- para crear un espacio donde hombres y mujeres podrían orar juntos frente al Muro de los Lamentos en Jerusalén, la decisión creó un cisma con los judíos no ortodoxos de todo el mundo, entre el Estado de Israel y los judíos de la diáspora. No han sido pocos los que han acusado a Netanyahu de centrarse en lo que es mejor para Israel, no en lo que es preferible para el pueblo judío.

Por si la controversia en torno al Muro fuera poco, el gobierno de Israel también decidió en 2017 impulsar una legislación que negaría el reconocimiento de las conversiones al judaísmo realizadas en Israel fuera del sistema ortodoxo. En otras palabras, los judíos convertidos por rabinos conservadores y reformistas, y en algunos casos incluso ordenados por ortodoxos no aceptados por el liderazgo ultraortodoxo, no tendrían acceso a la ciudadanía israelí de acuerdo con la Ley de Retorno. Una decisión también percibida con descontento por la comunidad judía estadounidense, en lo que la mayoría abrumadora pertenecen a movimientos reformistas y conservadores.

A las acciones de Netanyahu y su gobierno habría que agregar otros factores como el hecho de que los judíos estadounidenses más jóvenes sienten menos apego a Israel que sus mayores; los jóvenes no ven a Israel como “su último refugio” en el supuesto caso que necesiten escapar, nacieron después del Holocausto y el antisemitismo no representa una amenaza a la supervivencia de los judíos estadounidenses, aunque en la realidad las actitudes antisemitas se han multiplicado rápidamente en los últimos cinco años, especialmente en los campus universitarios, alentadas en buena medida por la presencia de palestinos en los mismos.

Por otra parte, cada vez más el número de israelíes liberales se sienten presionados por las leyes ortodoxas que rigen en Israel, han dejado el país para vivir en el extranjero, su número se estima en un millón, tendencia que se acentúa a medida que la etnocracia israelí se hace más patente.

Un fenómeno relativamente reciente y que se parece preocupar en mayor medida al gobierno de Israel es el que representan aquellos judíos estadounidenses progresistas que no solo se limitan a no apoyar a Israel, sino que tiene una postura de rechazo a las políticas del Estado: los llamados no sionistas o antisionistas. Es el caso de “IFNOTNOW”, un grupo de activistas comunitarios que, entre otras actividades, organizan manifestaciones contra la “ocupación israelí” en Cisjordania y el bloqueo de Gaza. Es sobre todo la “Jewis Voice For Peace”, el grupo antisionista judío más grande es influyente en EUA.

Resulta aventurado pronosticar que Israel podría a mediano plazo perder el apoyo de EUA o de su comunidad judía, sin embargo, podría no ser tan descabellado plantearse un futuro hipotético en el que Washington, animado por una opinión pública menos polarizada y más consciente de la realidad del antiguo mandato de Palestina, se erija como un mediador genuinamente neutral que pueda ayudar a poner fin a uno de los conflictos más enquistados del último siglo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.