La plenitud del poder
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La plenitud del poder

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La plenitud del poder

02/10/2019
Actualización 02/10/2019 - 13:31

Uno de los problemas que traen las mayorías es la sensación de que todo lo que se quiere, se puede y de que todo lo que se puede se tiene que hacer. Así estamos con el gobierno federal y sus mayorías legislativas, con los que encabezan gobiernos estatales y en general el comportamiento político de Morena.

Este sentimiento de enorme satisfacción que tiene el poderoso de hacer lo que quiere y que nada le pasa por su mayoría y el apoyo ciego de una parte de la población, encuentra varias definiciones, pero quizá una reciente y muy acertada es la que salió de la boca del entonces gobernador de Veracruz, el priista Fidel Herrera: es estar en “la plenitud del pinche poder”.

Solo desde esa desfachatez se entiende, por ejemplo, que la señora secretaria de la Función Pública organice desde su dependencia y con recursos públicos, una conferencia ¡a su suegra! Eso no lo habíamos visto desde hace tiempo, pero “la plenitud del pinche poder” le permite hacer lo que ella considere que está bien.

Hay que decir que la suegra de la secretaria tiene sobrados méritos académicos para impartir esa y muchas otras conferencias más, pero no es lo correcto que lo haga su nuera con recursos públicos, así sea nada más pagando los canapés o los tlacoyos del coctel.

Para cerrar el círculo del abuso, el secretario de Hacienda será el comentarista de las palabras de la suegra de su colega Irma Eréndira. Un escándalo que no merece el prestigio de estudios de la suegra.

La SFP parece estar más cerca de ser un club de amigos que una dependencia en la que se investiga el comportamiento público de los trabajadores del gobierno. Caso relevante el del señor de las casas, Manuel Bartlett, que es investigado por la esposa de quien fuera su cercano asesor, la última vez que fue senador. Claro, están en “la plenitud del pinche poder”.

Solamente desde la desfachatez se puede pedir a los ciudadanos que protejan lo negocios de las manifestaciones porque no se quiere reprimir a nadie. El gobierno, tanto el federal como el capitalino, renuncian a su responsabilidad y solicitan que los ciudadanos organicen unos “cinturones de paz” para que los vándalos no comentan desmanes, rompan vidrios, incendien establecimientos.

Como la llamada a los ciudadanos resultó una vacilada, el gobierno de la CDMX decidió mandar a la calle a doce mil trabajadores del gobierno para hacer vallas de protección durante las marchas del 2 de octubre. Y es que parte de su desfachatez es que les da vergüenza ser autoridad, les da pereza tener responsabilidades, les asusta tomar decisiones; ellos efectivamente quisieran estar marchando y lanzando piedras, gritando mentadas y prendiendo fuego a las librerías, eso es lo de suyo.

Es el caso del aeropuerto. “La plenitud del pinche poder” opera contra la razón y cierra una obra que estaba ya en avance. Los mexicanos terminamos pagando cantidades millonarias por una obra que ya no se terminó y que el capricho del Presidente decidió que se tenía que suspender. No hubo más razón que su decisión. Lo hizo porque pudo (como dijo Clinton cuando le preguntaron por qué hizo lo de Lewinsky).

La decisión de hacer de Santa Lucía una instalación estratégica es para derrotar a los ciudadanos que se organizaron para ampararse, y detener la obra que no cuenta ni siquiera con proyecto que se pudiera decir serio. Pero lo importante es ganar, aplastar porque hay que enseñar y mostrar el poder. En esas estamos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.