La crisis del liderazgo presidencial
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La crisis del liderazgo presidencial

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La crisis del liderazgo presidencial

10/07/2019
Actualización 10/07/2019 - 12:14

Lo que sucede en el gobierno de la República es preocupante. Cada semana abre nuevos frentes que representan verdaderas grietas en el quehacer gubernamental. Se dan de manera persistente, una más grave que la otra. Al “cochinero heredado” se le agrega el lodo propio de cada día, la abierta incompetencia y el pleito de los radicales contra los moderados por la visión del país de un equipo que solamente ha mostrado que camina a ciegas. Esto último es particularmente grave, pues no se trata de la típica rencilla de poder, espacios o puestos, sino que es un zafarrancho generalizado por el proyecto de país que cada grupo quiere a falta de tener uno claro y compartido medianamente por todos.

Lo que está en crisis, hay que decirlo, es el liderazgo del presidente López Obrador. Es claro que tiene un respaldo popular y una aceptación similar a las de otros presidentes a la mitad de primer año de gobierno. Pero lo que es patente es la falta de cohesión que genera su estilo en sus propios colaboradores. Los pleitos entre ellos son ya un escándalo que puede desestabilizar el frágil equilibrio que tiene el país en diversas áreas.

El liderazgo del presidente, siempre obligando a optar por un bando o el otro, termina por arrinconar a su propia gente. Las disputas internas ya son de tal tamaño que ni la figura presidencial las puede contener. Es claro que él mismo toma partido en los pleitos y las consecuencias las tenemos a la vista. Creer que su situación en las encuestas lo blinda de cualquier cosa que suceda a su alrededor, es una equivocación. Muy al contrario, el desorden que priva en el gobierno federal es causa ya de un desgaste en la figura del presidente.

Es claro que el ambiente es tan ríspido hacia adentro que quienes renuncian lo hacen de manera sorpresiva y abrupta –por decirlo de alguna manera suave. Por supuesto, de todo se puede criticar al gobierno menos de que las renuncias no han sido llamativas, verdaderas bombas de información que revelan el desorden al interior. Se han dado realmente textos destacables que señalan errores, tensiones y dinámicas perversas al interior del gobierno. A la carta de Germán Martínez –un texto en el que señalaba la entrega de políticas públicas al neoliberalismo, entre otras muchas cosas– que llamó la atención por sus revelaciones, el día de ayer se agregó la del exsecretario de Hacienda, que dejó en claro la imposibilidad de poder llevar a cabo un trabajo técnico y con dirección en el gobierno de la 4T.

Si la renuncia de Martínez tuvo revelaciones en un documento político, Urzúa se ahorró los rodeos y publicó una carta que mostraba una verdadera rabia en la que mezcla quejas sobre políticas públicas, ausencia de rumbo, falta de sustento e ideologización de las decisiones, imposición de funcionarios, influyentísimo y conflicto de interés de altos mandos. O sea, como cualquier gobierno de “la negra noche neoliberal”. Si la renuncia de Martínez mencionaba la existencia de “duendes hacendarios”, la de Urzúa deja en claro que los duendes cargaron hasta con Blanca Nieves.

Hace menos de una semana vimos estallar un conflicto enorme con la Policía Federal. Ayer renunció el de Hacienda de una manera inopinada, hace poco la de Semarnat, también el del IMSS. Se van en el momento de su renuncia, no hay nada pactado y dejan ver una molestia por el desequilibrio del trato presidencial. Esto no es gracioso, ni siquiera para los adversarios del presidente. Al problema del liderazgo presidencial, ante cuya figura no se detienen los subordinados con sus renuncias, se revelan hartazgo e impotencia ante un líder que no quiere o no puede resolver los problemas. A parte de eso, van ganando los radicales. Estamos en problemas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.