Deshacerse de lo ajeno
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Deshacerse de lo ajeno

22/01/2020
Actualización 22/01/2020 - 14:26

Siempre ha sido fácil, dice el refrán, “hacer caravana con sombrero ajeno”. Disponer de lo que no es de uno resulta sencillo. De ahí los abusos que se dan en el ejercicio del poder. En un país como el nuestro, acostumbrado a los abusos de la clase gobernante, resulta una buena cosa cuando alguien se propone seriamente acabar con los dispendios con que se despachaba el gobierno anterior. López Obrador ha hecho de la austeridad un eje de su gobierno. Es también una promesa de campaña que pretende cumplir, según parece, a rajatabla. Estamos ante un gobierno austero que en momentos llega, como bien se ha dicho, al austericidio. Su afán de ahorro, más bien, de no gastar en nada, raya en ocasiones en lo criminal, como se ha comprobado en el asunto de las medicinas y la atención a los enfermos en el sistema de salud.

Que el presidente López Obrador es un hombre austero en su forma de vivir –y trabajar– no está puesto en duda. Sólo desde la más baja mala fe se puede negar eso. Ahora bien, que todos tengamos que vivir como él –incluso sus cercanos– es otra cosa. Esa es una decisión personal, una opción de manera de vida. Querer imponer modos y creencias personales desde el poder, es una tentación autoritaria bastante peligrosa.

Nuestra joven democracia todavía dejó a los presidentes márgenes muy amplios sobre ciertas cosas. Si bien es cierto que fue sometido a ciertos controles, rendición de cuentas, transparencia y que la propia dinámica de la carencia de mayorías obligaba a limitaciones, a los presidentes se les permiten muchas cosas. Por ejemplo, disponen de las residencias a su antojo, lo mismo Fox que AMLO. Esto no se ve en otros lados. La Casa Blanca es donde vive el presidente de Estados Unidos. No hay de otra. Que le gusta moderna a uno, bien, que la prefiere dorada el otro, también, pero nadie la destruye y se hace un depa, la venden o la abren para los picnics. En Los Pinos, por ejemplo, Fox llegó y acabó con lo que era la residencia, la hizo oficinas y se quedó en unas cabañitas; Calderón no tuvo otra que quedarse en la cabañita; llegó Peña y deshizo las oficinas e hizo nuevamente la residencia enorme y a saber qué pasó con las pinches cabañitas; llegó López Obrador y cerró todo, canceló todo y convirtió Los Pinos en un espacio público. Y entonces decidió irse a vivir a Palacio Nacional. De una casa hizo un parque y de un museo su casa. Aplausos de los suyos, críticas de los otros. Disponer de las propiedades del Estado mexicano de esa manera no debería estar permitido. Este Presidente arrasa con todo sin límite alguno: lo mismo le da cancelar programas que correr personas, cancelar un aeropuerto y pagar por él, que vender flotillas de automóviles, aunque luego los tenga que comprar más caros.

El caso del avión presidencial, más allá de los memes, es un ejemplo claro de muchas cosas. Que el Presidente no lo quiera usar es un asunto. Malbaratarlo, regalarlo, venderlo rifarlo no se le debería de permitir. No es de él. Al igual que con la casa presidencial, esa era la casa del Presidente –lo mismo aplica para Fox– ¿por qué se deshace de ella? Si él quiere comer con las manos y no usar los cubiertos, no hay problema, que lo haga, pero porque no le gusten no significa que tiene que venderlos, no son de él; si quiere dormir en el piso en un petate, lo puede hacer, pero no tiene por qué desmontar la casa. Si él quiere viajar en coche o en burro es su asunto ¿Por qué vende los aviones que no son de él? Deshacerse de lo ajeno es fácil y no significa austeridad, tiene que ver, más bien, con la irresponsabilidad.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.