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2018

31/12/2018
Actualización 31/12/2018 - 10:05

El 2018 fue un año movido. Como todos los años estuvo lleno de expectativas, ilusiones y fracasos, despedidas, llegadas, encuentros y distancias. Quizá este año tuvo dos eventos importantes: uno que nos puso a girar unas semanas, el Mundial de Futbol, y otro que nos pondrá a girar unos años, las elecciones presidenciales.

El triunfo de la Selección Mexicana contra Alemania realmente nos puso de un humor insuperable. Nos convertíamos en potencia, quedaba atrás el espíritu de la derrota inevitable, el síndrome del “Jamaicón”, que hace que el mexicano se sienta menos ante el extranjero, lejos de su casa y de su mamá. Soñar en grande, “imaginar cosas chingonas”, como dijo el Chicharito, todo se volvió posible en ese momento. Habíamos derrotado al campeón del mundo, ni más ni menos que a los alemanes, potencia de potencias, máquina superior del balompié que a veces se define por la propia participación de la Selección germana. Fue bonito mientras duró. La hazaña del triunfo, nuestra superioridad de ánimo y arrojo frente a la técnica precisa nos hizo soñar y disfrutar como pocas veces. Vendría el triunfo contra Corea. La celebración afuera de la embajada de ese país en México fue célebre. Amamos por días a los coreanos. Hermanos coreanos, comida coreana, coches coreanos. Todo era posible, los mexicanos en Moscú se desbordaban de la felicidad, los mexicanos en su tierra veían todo posible: quitar al PRI, que ganara AMLO, y ¿por qué no?, ganar el Mundial. Había que imaginar cosas chingonas y nos entregamos a eso –como en todo, a muchos no nos parecía una cosa chingona que ganara AMLO, pero sí que se fuera el PRI con su sistema. Todo era felicidad. El entrenador del equipo mexicano, un colombiano vilipendiado e insultado durante meses por la afición, se convirtió de pronto en el profeta que nos llevaría de la mano a la tierra prometida. La afición sugería que se les llevaran prostitutas a los seleccionados, que hicieran lo que sea, nos daban tanta alegría que se debían tomar cualquier licencia. Se hicieron elogios desproporcionados y narraciones vibrantes sobre un pueblo sufrido, golpeado y abusado por siglos que venía a encontrar la más plena de sus retribuciones y satisfacciones en un grupo de jóvenes deportistas. La desgracia de la muerte que no deja de rondar en esta tierra destinada al sufrimiento, donde “la vida no vale nada”, encontraba en sus muchachos el festejo a la vida. Pero como de costumbre las desgracias nos vienen de manos de los extranjeros, de gente lejana que no sabemos ni como habla, de los que sabemos pocos: los vikingos salvajes, los del premio Nobel, los suecos llegaron a ponernos en el sitio que sentimos que nos toca: el de la derrota, el de la permanente incompetencia. Nada tenemos que hacer frente a esa disciplina, nos dijimos, y regresamos a nuestras sarcasmo habitual, el consuelo de burlarnos de nosotros mismos para que nadie nos ponga el insulto, mejor nos lo ponemos nosotros. Dejamos de imaginar cosas chingonas, ya nadie se ofrecía a pagar pirujas para los jóvenes y regresamos a nuestras elecciones.

En unos resultados sorprendentes, López Obrador aplastó a sus adversarios. Los electores decidieron darle mayorías y hacerle el favor de desdibujar a sus opositores. Solamente él mandaría. Y en esas estamos. Nos puede gustar o no, así son los cambios y México quiere uno y puso a López Obrador a realizarlo. No suena fácil, pero los cambios no lo son. A ver qué pasa en 2019, a ver cuándo volvemos a esos días de gloria como los que nos dio el Mundial. Por lo pronto, Feliz Año Nuevo para todos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.