Los Moreira, producto del feuderalismo
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Los Moreira, producto del feuderalismo

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Los Moreira, producto del feuderalismo

16/11/2018
Actualización 16/11/2018 - 14:48

Con la alternancia que en el año 2000 registró el sistema político mexicano, en más de un aspecto las cosas fueron para empeorar. No porque así se lo hayan propuesto quienes impulsaron el cambio y llegaron al Poder Ejecutivo en lugar del grupo que durante más de siete décadas lo detentó. Y lo ejerció al estilo de la llamada dictadura perfecta, que en este ámbito consistió en una mezcla de exacerbado presidencialismo, régimen centralista en la práctica y ejercicio arbitrario del poder, a través de las llamadas facultades metaconstitucionales, según las llamó Jorge Carpizo.

No, quienes llegaron en 2000 y luego en 2006 al Poder Ejecutivo ni remotamente querían continuar con el ejercicio despótico de la autoridad. Pero, ¡paradojas que la realidad depara!, por pretender terminar con el centralismo se llegó a una monstruosidad que nadie, salvo sus beneficiarios, quería.

Se trataba de transitar del indigno sometimiento que los gobernadores mostraban frente al todopoderoso presidente de la República en turno, a un trato respetuoso entre los Poderes federal y locales. Se pretendía pasar de una lacerante realidad de estados y municipios miserables, con ingresos y presupuestos raquíticos, a autoridades con mayores recursos y dotados de más poder de decisión al programar su gasto público. Todo eso estaba bien y pintaba un federalismo hasta entonces desconocido. Prácticamente idílico.

Todo estaba bien, tanto en el plano doctrinal como en el aspecto teórico. Que por primera vez, quizá, brillara en todo su esplendor el ansiado federalismo, gran promesa histórica de nuestra vida pública desde 1824. Se trataba, pues, de desterrar para siempre el infortunado centralismo, que a contrapelo del texto de la Constitución imponía la terca realidad política mexicana.

Pero algo falló. Y fue precisamente el debido funcionamiento de las instituciones en el orden local. Principalmente el sometimiento de los congresos a las órdenes, caprichos y arbitrariedades de gobernador en turno, que en el tiempo del priiato no llegó a los extremos que alcanzó del año 2000 en adelante. Como quiera que haya sido, debe reconocerse, la instancia federal correspondiente, Gobernación, cuidaba en su tiempo que en las entidades no se llegara a extremos aberrantes. Sólo el Ejecutivo federal podía tener tal privilegio.

Pero tal cuidado por parte del Centro, en aras del federalismo, se perdió casi totalmente y surgió así lo que, con agudeza e ironía, algunos analistas han llamado el feuderalismo. No pudo encontrarse un vocablo mejor para describir apropiadamente esa nueva realidad de nuestra lamentable vida pública.

Y lo que ocurrió con las legislaturas locales sucedió igualmente con los tribunales y jueces, con las auditorías superiores, con las comisiones supuestamente autónomas en materia de derechos humanos, transparencia y rendición de cuentas, entre otras.

Viene a cuento lo anterior en razón de que Humberto Moreira, el impresentable gobernador que tuvo Coahuila de 2005 a 2011 (seguido luego por su hermano de nombre Rubén) ha sido quizá el gobernador que en todo el país ha incurrido en los peores atropellos y excesos del feuderalismo. Los Duarte, uno de Veracruz y otro de Chihuahua, el primero en la cárcel y el segundo 'escondido' en el extranjero, palidecen, se quedan cortos frente a ambos Moreira; pues el primero ha sido reclamado de nueva cuenta por la autoridad española, señalado de gran lavador de dinero.

Hasta ahora el pacto de impunidad del priismo ha beneficiado a Humberto Moreira como a nadie más. ¿Continuará igual a partir del próximo mes? Ya lo veremos y concluiremos muchas cosas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.