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Cuando se muere por la boca

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Cuando se muere por la boca

22/01/2021

Cada vez que se ofrece y en ocasiones hasta sin venir a cuento, el presidente López Obrador declara haber sido víctima de fraude electoral en 2006, mediante el cual –dice-- se le despojó de la Presidencia de la República ese año. Parece ser éste uno de esos casos en los que de tanto repetir algo, quien así procede llega a una especie de autoconvencimiento de que lo afirmado es verdad. Aunque en el fondo sepa que no es así, salvo que de plano haya perdido la razón.

Sobre el punto, lo más probable es que López Obrador tenga conocimiento de la probada eficacia de la técnica aplicada por el ministro de propaganda del Tercer Reich, Joseph Goebbels, según la cual una mentira repetida hasta el cansancio, miles de veces, termina por imponerse y ser aceptada “como verdad por las masas”.

Se dice que dicha técnica no falla, y menos cuando se dispone del foro, la tribuna, un altavoz tan apropiado como son las llamadas mañaneras, para estar insistiendo en esa falsedad de manera machacona. Hasta que termina por ser aceptada como “verdad”.

Debe ser muy doloroso, cualquiera lo comprende, perder una elección presidencial ¡por medio punto! Como le sucedió a López Obrador en 2006. Nunca se había presentado algo igual y quizá nunca más se volverá a ver. Y sin embargo así fue. Pero más doloroso aún perder tan importantes comicios cuando apenas tres meses antes las encuestas lo colocaban entre siete y ocho puntos arriba en la preferencia de los electores. Una tragedia pues.

Lo más triste es que dicha tragedia, esa dolorosa derrota electoral, obedeció a errores propios, personalísimos del candidato. Claro, nadie es perfecto y todos cometemos errores. Pero cuando se trata de pifias elementales, de errores primarios, se torna difícil aceptar la derrota porque ésta adquiere dimensiones de catástrofe. Fue lo sucedido a López Obrador en 2006.

Si iba tan bien y con tan buena ventaja en la intención del voto, ¿por qué López Obrador terminó por perder esa elección? Básicamente por tres errores suyos.

Antes de mencionarlos, cabe señalar que dos o tres años después de 2006 aparecieron varios libros y ensayos sobre el tema. Primero, sobre la cuestión de fondo dos muy serios. Uno del investigador José Antonio Crespo, quien a partir de datos duros y razonamientos lógicos lleva a sus lectores a la conclusión de que –si lo hubo— no hay forma de probar fraude electoral alguno. Y otro estudio rigurosamente técnico realizado por un académico del Colegio de México, según el cual el resultado oficial de la elección, a pesar de lo cerrado de sus cifras, reflejó correctamente el sentido del voto popular depositado en las urnas. Amén de que el reclamante jamás aportó prueba alguna de que hubiere habido fraude. Más todavía: el Tribunal Electoral le cumplió algunos caprichos en su intento por demostrar el fraude que alegaba. Vano intento porque le resultó contraproducente, pues en lugar de disminuir su desventaja en la votación, se incrementó. Es éste un aspecto del asunto que ahora casi nadie tiene presente.

Tres errores graves, cuando menos, cometió el candidato derrotado. De uno de ellos se da cuenta pormenorizada en un libro escrito por la reportera de un diario capitalino de izquierda que cubrió para su medio la campaña de López Obrador. Documenta la periodista el extenso conflicto que provocó el candidato al interior del PRD al pretender, muy de acuerdo con su conocida arrogancia y talante autoritario, controlar todo lo relativo a la cobertura de representantes para vigilar en las casillas el desarrollo de la jornada electoral. Ni lo hizo ni permitió que otros lo hicieran y todo terminó en colosal desastre.

Los otros dos errores fueron el no haber participado en el primer debate televisivo que sostuvieron los candidatos presidenciales, que bien le pudo haber costado entre tres y cinco puntos en intención de voto. Y el otro haberle dicho al entonces presidente Fox: “¡Ya cállate chachalaca!”, grito que le pudo haber significado, según cálculos que algunos analistas hicieron, entre dos y tres puntos.

Lo curioso del caso es que hace quince años López Obrador pagó un elevado costo por pretender callar de mala manera al Presidente Fox, cuando legalmente éste podía hablar, y que ahora él, López Obrador, como Presidente, puede llegar a pagar igual costo al no quererse callar durante la próxima campaña electoral, si se obstina en seguir hablando en las mañaneras, en clara violación a lo que ahora dispone la Constitución. No cabe duda que “el peje por su boca muere”. Ya sea al querer callar a otro, o cuando él no acepta guardar silencio.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.