Viernes negro
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Viernes negro

29/01/2019

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha tenido peores semanas, pero no peores días que el viernes pasado. Alguno de los republicanos que siempre lo han apoyado, finalmente tuvieron la lucidez de convencerlo de que, de mantener el Gobierno cerrado, iba directo a la hoguera política del país, con todo y partido. Y Trump cedió.

La presión de los 800 mil trabajadores del Estado con dos quincenas de atraso, el inicio de cierre de operaciones en aeropuertos, las imágenes de burócratas de todos niveles teniendo que recurrir a cocinas populares y la inconformidad de muchos senadores de su partido, finalmente hicieron entrar en razón al presidente. Sospecho que la gota que derramó el vaso fue obra de Mitch McConnell, el líder de los republicanos en el senado, quien debe haber informado a Trump que ya existía la posibilidad de que pasara legislación para reabrir el Gobierno con una mayoría suficiente para superar un veto presidencial.

En la mañana del viernes, Trump anunció que aceptaría la iniciativa del Congreso para reabrir el Gobierno durante tres semanas, y seguir negociando el recondenado muro que nadie quiere. Eso abrió las puertas del diluvio, y a Trump le llovió de todos lados.

El presidente acabó aceptando una iniciativa prácticamente igual a la que había rechazado un mes antes, y que provocó el cierre del Gobierno más largo de la historia en EU, con una duración de 35 días. Cuando le presentaron esa iniciativa originalmente, Trump le dijo a McConnell que la firmaría. McConnell la puso a votación en el Senado, y pasó por unanimidad. Entonces entraron en acción los comentaristas radiofónicos ultraconservadores Rush Limbaugh y Ann Coulter. Ambos desataron la ira de los radicales, y afirmaron que si Trump cedía en el tema del muro, su presidencia estaba muerta y su reelección también. Trump se asustó, y se desdijo de su promesa a McConnell de firmar la iniciativa. McConnell, comprensiblemente, se enojó, y dijo que él se lavaba las manos del asunto, y que lo arreglaran entre los demócratas y el presidente.

Aquí, Trump se estrelló de frente con Nancy Pelosi, líder de los demócratas en la Cámara de representantes. Pelosi, con amplia experiencia política, encajonó fácilmente al presidente. Lo obligó a asumir la responsabilidad del cierre gubernamental, y le dijo que no habría ni un dólar para el muro. De paso, le canceló el informe de gobierno ante el Congreso, asunto que le pegó a Trump donde más duele, que es en el ego. En cualquier análisis, Pelosi hizo puré a Trump.

Ese fue el análisis de la mayoría de los medios. Ann Coulter, furiosa por el viraje de Trump, subió un tuit donde declaró a Trump “el presidente más blandengue de la historia”. Es decir, le llovió a Trump por todos lados.

Lo anterior fue solo el complemento del día que sufrió Trump. Antes del amanecer, agentes armados del FBI irrumpieron en Florida en la casa de Roger Stone. Lo arrestaron presentando siete cargos que incluyen conspiración, mentir a la autoridad federal e intimidación de testigos. Stone es un viejo amigo de Trump, participó en la parte inicial de la campaña, pero continuó apoyándola. Fue, presuntamente, el contacto de la campaña presidencial de Trump con Wikileaks. El FBI confiscó documentos, computadoras y teléfonos de su casa y de otra residencia en Nueva York. Habrá que ver qué encuentran ahí.

La presión sobre la Casa Blanca se intensifica. Hay demasiadas mentiras, demasiados contactos, demasiados personajes relacionados con Rusia para pensar que todo es casualidad. Trump parece cada vez más errático y distraído, Sarah Sanders, su vocera, de por sí robusta, está subiendo notoriamente de peso. El Congreso investiga ya la forma irregular como se otorgaron autorizaciones para acceder a información privilegiada, y es solo la primera.

El asedio sobre Trump es inminente, permanente y desde varios frentes. ¿Cuánto aguantará?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.