Vandalismo legislativo
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Vandalismo legislativo

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Vandalismo legislativo

03/02/2020

En varias ocasiones he señalado las coincidencias evidentes entre Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador, presidentes de Estados Unidos y México respectivamente. Pero no son solo ellos quienes se parecen. Sus incondicionales, dentro y fuera de los gobiernos, hacen lo mismo.

Hace algunas semanas, en el Senado mexicano se produjo un acto de vandalismo legislativo que hizo recordar al todopoderoso viejo PRI. Se impuso a la señora Rosario Piedra, una rabiosa obradorista, como presidenta de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Para lograrlo, la bancada de Morena, que tiene la mayoría y que encabeza Ricardo Monreal, se brincó cualquier sospecha de legalidad, alterando números y votos a placer, con tal de lograr la mayoría calificada para confirmar a Piedra, y así darle gusto al gorrión mayor. Que la señora Piedra no tenga ni por asomo los atributos necesarios para cumplir su función, nunca fue factor para tomar la decisión de ratificarla, aunque se tuviera que lastimar gravemente a uno de los tres poderes. Aquí lo único que importó fue la lealtad absoluta a la voluntad del caudillo.

Exactamente lo mismo ocurrió en el previsible desenlace del juicio de destitución del presidente Donald Trump en Estados Unidos. Los senadores republicanos allá, como los morenos aquí, se pasaron por el arco del triunfo cualquier parecido con un proceso parlamentario democrático, con el fin de no remover a Trump de la presidencia.

El juicio, y la presentación del caso que hicieron los demócratas, no dejó lugar a dudas: Trump presionó al gobierno de Ucrania para obtener ayuda para su campaña de reelección, cosa que está prohibida por la ley. Los abogados defensores de Trump argumentaron numerosas y originales defensas, desde la burda mentira, hasta la aceptación de las conductas delictivas, cuya gravedad no es tanta como para removerlo de la presidencia. En México, esto se conoce como “maromas”, y hay exponentes tenochcas que son verdaderos expertos, como Pepe Merino, o alguna graduada harvardiana. Es igual. Las maromas, con o sin subtítulos, maromas se quedan.

Total, que en el voto crucial, la mayoría republicana en el Senado determinó que no había necesidad de interrogar testigos. ¿De cuándo acá hay un juicio sin testigos? Pues desde que Trump así lo desea, y sus marionetas en el Senado aplicaron esa añeja fórmula de la política mexicana, el mayoriteo, y evitaron así que el Senado cumpliera con su responsabilidad constitucional de someter al presidente a un juicio imparcial.

Es claro que los juramentos ya no son lo que eran. Antes, hasta hace poco, los funcionarios los tomaban más o menos en serio. Hoy, prestan juramentos sabiendo por adelantado que los van a violar, como hizo Mitch McConnell, el Ricardo Monreal gabacho. Antes de prestar el juramento donde se comprometió a ser jurado imparcial, ya había declarado que estaba incondicionalmente en apoyo de la Casa Blanca. La verdad, sí añoro los tiempos en los que la palabra de una persona valía más que su firma. A juzgar por los políticos actuales, ya no valen nada ni la una, ni la otra.

El deterioro de la democracia es clarísimo. No solo es Estados Unidos y México. Se multiplican en el mundo los regímenes autoritarios, y la tendencia nacionalista y xenófoba, atizada por merolicos sin escrúpulos, avanza a paso firme en todas partes. Con perdón de los fanáticos de todos los bandos, es una fórmula que acabará en un desastre. No solo no es conducente a la cooperación global que se requiere para enfrentar problemas que no reconocen fronteras, como el deterioro ambiental y las epidemias, sino que también fomenta el odio, y el odio lleva a la violencia.

La triste exhibición de la espiral descendente que padece Estados Unidos presagia cambios en el orden mundial. Sigo pensando que este episodio reduce mucho las posibilidades de una reelección para Trump, pero también creo que mucho de lo que ocurre hoy día en Estados Unidos va mucho más allá de un solo presidente.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.