Trump tenía razón
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Trump tenía razón

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Trump tenía razón

05/03/2020
Actualización 05/03/2020 - 14:19

La campaña para desprestigiar a Joe Biden, exvicepresidente de Estados Unidos, comenzó hace casi dos años. Desde entonces, el presidente Donald Trump lo consideraba el enemigo a vencer en el siguiente ciclo electoral. La fijación le acabó costando un largo y desgastante proceso de destitución, al que finalmente sobrevivió. Digamos que fue un empate técnico, porque ni Trump fue destituido, ni a Biden le comprobaron nada ilegal.

Para muchos (el que escribe, incluido) Trump solo perdió el tiempo, porque la campaña de Biden sufrió todo tipo de descalabros. Malas participaciones en los debates; creciente debilidad en las encuestas; incapacidad de levantar fondos de campaña; todo, además, con un fondo de aparente desgano, en el que el candidato no generaba entusiasmo. Bueno, eso creía la 'comentocracia'.

Por el otro lado, Bernie Sanders, el candidato del extremo, el que propone una revolución, porque no basta regresar a la normalidad después de la turbulencia e incertidumbre trumpiana; el que quiere subir impuestos, matar a las compañías de seguros médicos y a las petroleras, llevándose de paso a los bancos. Sin duda, el candidato de los jóvenes, aunque él, igual que Biden, tiene 78 años. El que sufrió, según él, el despojo de la candidatura hace cuatro años, a manos de Hillary Clinton.

Así empezaron las primarias para buscar candidato demócrata a la presidencia. Para sacar a Trump de la Casa Blanca, pues. En una de esas, si gana Sanders, se va a vivir a algún palacio, y abre un museo en el 1600 de la Av. Pennsylvania, en Washington, aunque dudo que permita que lo saqueen. Pero esa es otra historia.

Sanders empezó ganado en Iowa, New Hampshire y Nevada. Parecía imparable. Pero en solo tres días, todo cambió.

El sábado 29 de febrero hubo primaria en Carolina del Sur, el primer estado con mayoría afroamericana. Se esperaba una victoria de Biden, pero no la paliza con la que ganó. Se llevó casi 70 por ciento del voto afroamericano, y exhibió una enorme vulnerabilidad de Sanders en ese sector. Esa votación provocó la salida de la campaña de tres candidatos, Tom Steyer, Amy Klobuchar y, sorpresivamente, Peter Buttigieg, quienes de inmediato se unieron a la campaña de Biden junto con Beto O´Rourke, quien había abandonado su campaña hace semanas.

Llegó el supermartes del 3 de marzo: triunfo de Biden absolutamente inesperado, llevándose 10 de los 14 estados en juego, y emergiendo con una ventaja en número de delegados que nadie hubiera podido predecir. Ni su propia campaña, pues. El panorama es ya enteramente distinto. Ahora resulta que el favorito es, de nuevo, Joe Biden. En la mente enferma de Trump, esto hará que piense que él sabe más que todos, porque, a pesar de todos los consejos en contra, llevó los ataques a Biden hasta sus últimas consecuencias, y ya los reanudó.

La nueva estrategia de Trump es indignarse por el proceso interno demócrata, y lo que ahora llama “fraude” en contra de Sanders.

Sanders sería su rival preferido, pero si gana Biden, Trump intenta estimular la decepción e indignación entre los seguidores de Sanders, para que no voten. Así es como ganó en 2016. Fue tanto el disgusto de los seguidores de Sanders, y de Sanders mismo, que su apoyo a Hillary fue tibio al punto que prefirieron quedarse en casa.

Ahora, Sanders no está eliminado. El próximo martes habrá primarias en Idaho, Michigan, Mississippi, Missouri, Dakota del Norte y el estado de Washington. Es probable que, de nuevo, Biden gane la mayoría, pero no la suficiente como para amarrar la candidatura. Para ello, Michigan será clave. Ahí es favorito Sanders, pero si Biden logra ganar, se volverá prácticamente invencible.

La posibilidad de que ninguno alcance los mil 991 delegados necesarios para ganar en la primera votación, presagia una convención negociada, cosa que no pasa desde los 50 en el siglo XX.

Y sí, el único que vio venir el alud en favor de Biden, se llama Donald Trump.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.