Tiempos inciertos
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Tiempos inciertos

15/11/2018
Actualización 15/11/2018 - 14:56

Las similitudes entre Donald J. Trump, presidente de los Estados Unidos, y Andrés Manuel López Obrador, presidente electo de México, han sido, durante meses, objeto de diversos artículos y comentarios. Sin duda, existen. Pero la gran diferencia es el espacio de maniobra y de poder que tienen a su alcance. AMLO, en este caso, es la envidia de Trump.

La elección que llevó a Trump a la Casa Blanca, dado el peculiar sistema estadounidense, basado en un Colegio Electoral, lo ungió como presidente a pesar de que su rival, Hillary Clinton, lo superó por casi tres millones de votos en las urnas. No obstante obtener mayorías en ambas cámaras del Congreso, los ciudadanos de EU no dieron nada parecido a un mandato a Trump. Ello no ha impedido al controvertido presidente intentar imponer su voluntad, pasando por encima de normas, tradiciones y, a veces, leyes. Ha atacado a instituciones veneradas en la democracia estadounidense, como el Departamento de Justicia, tratando de limitar su independencia. Ha hecho trizas al aparato diplomático de su país, con despidos y nombramientos descabellados. Ha insultado y enfrentado a las tradicionales alianzas internacionales como la OTAN y la ONU. En una palabra, ha hecho todo lo que está de su parte para convertirse en un líder autoritario, sin tener que rendir cuentas a nadie. De ahí, su furia y desprecio a los medios de comunicación que lo critican.

Como quedó demostrado en las elecciones intermedias del 6 de noviembre, los ciudadanos no avalan esa conducta. Al devolver la Cámara de Representantes a los demócratas, los electores claramente decidieron poner un freno a los arranques dictatoriales de Trump. Pero ello sólo ha sido posible gracias a un marco jurídico funcional, donde la separación de poderes consagrada en la Constitución se respeta. El intento trumpiano de dinamitar el Estado de derecho fracasó, y ahora tendrá que pagar las consecuencias.

En México, hemos podido observar el deterioro de nuestros vecinos durante casi dos años, y no hemos puesto las barbas a remojar. Nuestra situación, acaso, es aún más radical.

Andrés Manuel López Obrador tomará posesión el 1 de diciembre apoyado por un inobjetable mandato que le dieron 30 millones de votos. Pero sus actos en estos largos meses de transición, no presagian nada bueno. Es muy preocupante, pero no nuevo, su desprecio por la ley. No tienen nada de legales sus 'consultas', puesto que hay un mecanismo constitucional que las contempla, y que ha sido olímpicamente ignorado por él y por su partido. Pasa por encima de todos los candados impuestos para evitar la corrupción en la inversión pública, omitiendo licitaciones, y tampoco respeta normas ambientales, de uso de suelo, ni ninguna otra que signifique un obstáculo para sus deseos.

Y todavía no asume el cargo. Es de notar el silencio absoluto y cómplice de la administración saliente, a cambio de quién sabe qué arreglo 'en lo oscurito', a la vieja usanza priista.

Del Poder Judicial, poco se puede esperar. Están más preocupados por conservar sus salarios, que por ejercer algún contrapeso como poder independiente, como lo ha demostrado el servil sometimiento del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

El Poder Legislativo está convertido en mera oficialía de partes, aceptando instrucciones explícitas del Ejecutivo electo, e incluso dando reversa a iniciativas que incomodan a su líder.

Es decir, en México no tenemos la fortaleza institucional para limitar tendencias autoritarias en un presidente. Y eso tiene consecuencias. México, en estos meses, ha perdido riqueza a manos llenas. Nuestras empresas valen menos, pagamos más de intereses por la deuda y, tal vez más importante, nuestra credibilidad internacional anda por los suelos, lo que significa salida de capitales.

Nos puede gustar o no, pero la globalización es un hecho. Los intentos de echar atrás el reloj, no funcionan. Los nacionalismos, como el de Trump o el de AMLO, son un suicidio. En Estados Unidos ya empezaron a aplicar el antídoto. En México, apenas estamos diagnosticando la enfermedad, y a ver si encontramos medicina.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.