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Tentaciones

21/05/2020
Actualización 21/05/2020 - 15:57

Estamos a poco más de cinco meses de ser testigos de una elección presidencial en Estados Unidos que podría marcar el rumbo que tomará la geopolítica del futuro. No es una exageración.

Donald Trump no es el único jefe de Estado populista en el mundo, pero sí es quien le da validez al concepto. Esto ni siquiera conviene a los intereses de su país, pero ese nunca ha sido factor para Trump. En declaraciones de esta misma semana, Trump regresó a uno de sus temas predilectos. Se puso a especular sobre la posibilidad de ocupar la presidencia de su país más allá del mandato constitucional. Sugirió que podría ser presidente hasta 2030.

La reelección automática, o el mandato vitalicio es una enorme tentación para estos líderes. Normalmente narcisistas, los populistas sostienen que sin su iluminada guía, los países se vienen abajo. Pero la realidad apunta a lo opuesto.

Los gobiernos populistas no son más que un intento de instalar una autocracia al frente de una nación, con el fin de desembocar en una dictadura. Se ha intentado en el pasado, con resultados desastrosos. Venezuela era, debatiblemente, el país más rico de Latinoamérica. Si bien había pobreza y desigualdad (las hay en todas partes), también había movilidad social, y la posibilidad de participar en la creación e incremento de la riqueza. Eso, primero con Hugo Chávez, y ahora con Nicolás Maduro, se acabó. Venezuela está sumida en una crisis permanente, y es, por mucho, la peor economía del mundo, y la gente literalmente mata por un trago de agua. La promesa de mejorar el nivel de vida del ciudadano común es ya una mala broma.

No se puede, como muchos argumentan, culpar al socialismo ni a la izquierda. Países como Suecia y Noruega tienen sistemas socialistas con altísimos niveles de vida. No así Cuba o Rusia.

El populismo es un bicho nuevo, es el equivalente político del coronavirus. El populismo se trata del culto fanático a un caudillo, que asegura a sus seguidores que tendrán una vida mejor, pero que tienen que aguantar un vendaval momentáneo para consolidar el cambio. En Cuba llevan más de 60 años esperando. En Venezuela, 21. En Rusia más de 100.

Estados Unidos, la potencia militar más importante del planeta, inició hace tres años y medio un trayecto populista con la elección de Trump. Siguiendo intuitivamente el guion populista, ha hecho todo lo que está a su alcance para dinamitar instituciones, doblar a su antojo la impartición de justicia y acabar con todo aquello que limite el ejercicio de su voluntad, incluyendo a la Constitución y la separación de poderes. Pero falta lo más peligroso:

Con el pretexto de la pandemia, si no está controlada para noviembre, Trump podría atentar contra el sistema electoral del país, alargando indefinidamente su mandato, alegando la emergencia sanitaria. O bien, podría, si pierde la elección, desconocer el resultado, y arrojar al país a una crisis constitucional que podría, en caso extremo, tener que decidirse por la fuerza. Eso sería una catástrofe para la civilización occidental.

Si la principal potencia democrática enfrenta un escenario posiblemente extremo, México, sin los contrapesos institucionales estadounidenses, está en una posición aún más vulnerable. El presidente Andrés Manuel López Obrador ha comentado varias veces que, para diciembre, estará totalmente instalado su 'cambio de régimen', y que será irreversible.

Por el bien de todos, espero se equivoque.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.