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04/01/2018
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TLCAN
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El 1 de julio de este año los mexicanos, de una u otra manera, gusten o no los candidatos, determinaremos el rumbo del país para los próximos años. Si bien ese proceso es definitorio, no es la única elección que incidirá en nuestro futuro. Histórica y geográficamente estamos atados a los acontecimientos políticos y económicos de Estados Unidos, más aún, cuando el residente de la Casa Blanca es abiertamente hostil a las buenas relaciones entre ambos países.

En noviembre de 2018 habrá elecciones de medio término en Estados Unidos, y de su resultado dependerá el futuro político del presidente Donald Trump. Las consecuencias se sentirán en todo el mundo, y particularmente en México.

En la elección presidencial de noviembre de 2016, el Partido Republicano arrasó. Trump ganó la presidencia, en la Cámara de Representantes (equivalente a nuestra Cámara de Diputados) obtuvieron 248 de 435 escaños, y en el Senado una mayoría de 52 a 48. Uno hubiera pensado que con el control total del gobierno, las iniciativas republicanas se podrían legislar con facilidad, pero no ha sido así. En parte por divisiones entre los republicanos, y en parte por lo errático del liderazgo desde el Ejecutivo, las cosas no han caminado como lo planearon.

El presidente y su partido han impulsado una legislación profundamente impopular en materia de salud (fracasaron),  y consiguieron pasar una llamada 'reforma fiscal' claramente sesgada en beneficio de las grandes corporaciones y el 5.0 por ciento de los individuos más ricos del país, entre los que está, obviamente, el propio Trump.

Las consecuencias políticas de estas iniciativas empezaron a verse en elecciones locales a finales del año pasado. En Virginia, los demócratas ganaron la gubernatura y el congreso local, al igual que en Nueva Jersey. Y hasta en Alabama, estado ultraconservador, los demócratas ganaron la elección especial para llenar la vacante en el Senado que produjo la renuncia de Jeff Sessions, para ser el fiscal de la nación. Por ello, los demócratas piensan, con razón, que sus posibilidades de retomar el control del Congreso en noviembre, son buenas.

El primer martes de noviembre, Estados Unidos renovará, como cada dos años, la totalidad de la Cámara baja, y una tercera parte del Senado. Dada la baja popularidad de Trump, sobre todo entre los millennials y las mujeres, esta es la instancia más vulnerable para los republicanos. Los distritos congresionales se determinan de acuerdo con criterios de población, y es ahí, en las grandes ciudades, donde se concentra el mayor número de representantes. También es ahí donde se sentirán más los efectos negativos de la reforma fiscal, que es prácticamente el único argumento electoral de los republicanos. Venderlo a los ciudadanos no será fácil.

La batalla más interesante se perfila en el Senado. De los 33 escaños en juego, 23 son demócratas, ocho republicanos y dos independientes, que votan con los demócratas. Los 23 demócratas actuales y los dos independientes buscarán reelegirse. De los ocho republicanos, tres (Jeff Flake de Florida, Bob Corker de Tennessee y Orrin Hatch de Utah) anunciaron ya su retiro. Los dos primeros son republicanos moderados que saben que perderían una elección primaria contra algún candidato conservador apoyado por Steve Bannon, el fascista de cabecera de Trump. Hatch, por su parte, se va porque lleva ya 42 años como senador. Ahí el candidato será Mitt Romney, quien enfrentará a un ultra en la primaria. Pero ganar una primaria no garantiza nada en la elección general, como lo demostró Roy Moore en Alabama, y esa es la esperanza demócrata. Con sólo esos dos asientos, empatarían escaños en el Senado.

Pero los demócratas necesitan mayoría. Un empate no basta, porque en ese caso el voto definitorio corresponde al vicepresidente Mike Pence, otro mentiroso legendario, que primero es capaz de suicidarse en el Capitolio que votar en contra de su jefe venerado Trump. Sería como Batres votando contra AMLO.

Los demócratas apuntan al asiento de Dean Heller, republicano de Nevada, un estado que ganó Hillary Clinton en 2016, y en el que ganaron la más reciente elección senatorial.

Lo más difícil para los demócratas será defender con éxito los 23 escaños que tienen. Hay tres especialmente vulnerables: Joe Donnelly en Indiana, Claire McCaskill en Missouri y Joe Manchin en Virginia occidental.

Los demócratas confían en que el efecto cascada de opinión pública adversa a Trump los lleve a la victoria en ambas cámaras. El escenario, de darse, preocupa grandemente a la Casa Blanca, porque abre las puertas a un juicio de destitución en el Congreso contra Trump, que sólo puede prosperar con mayoría demócrata. Veremos.

Twitter: @jorgeberry

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.