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Se Cosecha lo que se Siembra

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Se Cosecha lo que se Siembra

29/10/2018

Por ley, las elecciones federales en Estados Unidos se celebran cada dos años, el primer martes de noviembre. Incluyen siempre una tercera parte del Senado, 33 posiciones, la totalidad de la cámara de representantes, 435 curules, y, cada 4 años, la presidencia de la república. De manera concurrente, y dependiendo de la entidad, también hay elecciones a nivel estatal y municipal. Estamos a ocho días de las primeras elecciones intermedias de la era Trump, llamadas así porque ocurren a la mitad del mandato presidencial.

Es tradición también, que durante las campañas políticas previas al proceso, siempre se dé la llamada “sorpresa de octubre”, que es la introducción de algún elemento inesperado en la ecuación electoral, que afecte la decisión final del votante. En 2016, hace dos años, la sorpresa de octubre fue una insólita carta del entonces director del FBI, James Comey, quien informó al Congreso que reabría la investigación sobre los correos de la candidata demócrata Hillary Clinton. A pesar de que unos días antes de la votación, Comey anunció que la nueva investigación no encontró ningún delito, el golpe mortal a la campaña de la demócrata estaba dado, y contribuyó, junto con la influencia rusa, a la victoria de Donald Trump.

A mediados de este año, las cosas no pintaban nada bien para el partido republicano. Las encuestas, de manera consistente, presagiaban una derrota brutal, que les podría costar la mayoría con la que emergieron en ambas cámaras del Congreso en 2016, y que les permitió aplicar buena parte de la agenda republicana, a cambio de aprobar legislación propuesta por Trump. Esto convirtió al país en los pasados dos años, en el festival de la derecha radical, endureciendo políticas migratorias, relajando controles ecológicos y reduciendo impuestos al sector empresarial y de altos ingresos, a costa de programas sociales benéficos para las mayorías.

La narrativa nacional, aunada a los berrinches tuiteros del presidente, se reflejaban claramente en las encuestas. En este entorno, se dieron las audiencias de confirmación en el Senado para nombrar a Brett Kavanaugh como ministro a la Suprema Corte de Justicia. El juez Kavanaugh fue acusado de abuso sexual en su juventud, y ello provocó una brutal batalla en el Senado entre republicanos y demócratas, que finalmente terminó en la confirmación de Kavanaugh, quien logró proyectar una imagen de víctima, que en seguida se empezó a reflejar en las encuestas, porque activó a las bases republicanas. Aun así, los demócratas seguían arriba en las encuestas, aunque con menos ventaja.

Comenzó a sonar la caravana de hondureños que pretendía cruzar México a pie hasta llegar a la frontera. Trump de inmediato aprovechó el tema, anunció que impediría la “invasión” de su país mandando tropas a la frontera, y con ello estimularía el voto republicano, y lo estaba logrando.

Pero vino entonces la sorpresa de octubre. Entre lunes y viernes de la semana pasada, líderes demócratas, entre ellos los expresidentes Clinton y Obama, recibieron por correo paquetes con explosivos. Ninguno explotó, por fortuna, pero sí creó consciencia de que el discurso violento y agresivo de Trump estaba empoderando a elementos radicales a provocar una tragedia. La reacción republicana fue acusar a los demócratas de haber cocinado un complot para culpar a Trump. Pero el argumento se derrumbó cuando el FBI arrestó al responsable, quien resultó ser un trumpiano radical llamado César Sayoc, con una larga cadena de arrestos en su pasado.

Por si no bastara con lo anterior, el sábado en Pittsburgh un sujeto de nombre Robert Bowers abrió fuego en una sinagoga, matando a 11 personas, mientras gritaba consignas antisemitas. La tragedia solo confirma el efecto de que el discurso nacionalista, xenófobo y discriminatorio que suele usar el presidente, tiene efectos tangibles, y eso no pasa desapercibido por los electores. Los hechos rebasaron la narrativa electoral. Ahora, de mañana en una semana, veremos los efectos en las urnas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.