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15/03/2018
Actualización 15/03/2018 - 14:12

En noviembre de 2016, recién confirmada la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, su equipo cercano tuvo que empezar a barajar nombres para formar un gabinete. Puesto que no esperaban ganar, la verdad es que ese proceso resultó, por decir lo menos, desaseado.

Entre las prioridades estaba el Departamento de Estado, cuya responsabilidad sería mostrar al mundo el rostro de la administración Trump. Hubo intenso debate interno. Unos, apoyaban a Mitt Romney, excandidato presidencial republicano, pero otros recomendaban a Rudy Giuliani, exalcalde de Nueva York y controvertida figura central en la campaña de Trump. Pero mientras ambos movían sus hilos, Trump sorprendió nombrando a Rex Tillerson, expresidente ejecutivo del gigante petrolero Exxon-Mobil.

Los analistas políticos y los medios empezaron a indagar, porque Trump ni siquiera conocía personalmente a Tillerson. Lo primero que salió a la luz fue que Tillerson firmó un contrato multimillonario con Rosneft, la petrolera más grande de Rusia, para llevar a cabo un ambicioso proyecto de exploración y explotación petrolera en el ártico ruso. Esto le valió ser condecorado por Vladimir Putin en persona y declarado “amigo de Rusia”.

Para estas alturas ya era claro que Trump buscaba, por razones aún desconocidas, un acercamiento con Rusia, como quedó demostrado con el cambio en la plataforma republicana, para eliminar la mención de las sanciones impuestas por el presidente Barack Obama a causa de la invasión y ocupación rusa de Crimea, hasta entonces territorio de Ucrania. La prensa señaló el nombramiento de Tillerson como una concesión más de Trump a Putin.

Recientemente, la revista The New Yorker publicó el contenido de un memorándum escrito por Christopher Steele, también autor del famoso 'expediente' Trump. En el documento, Steele da cuenta de insistentes rumores que circulaban en el Kremlin, en el sentido de que hubo contactos de altos funcionarios rusos con el equipo de transición de Trump, sugiriendo que Mitt Romney fuera eliminado de la lista de candidatos al Departamento de Estado, y que consideraran a alguien que pudiera facilitar el levantamiento de las sanciones. Y, días después, viene el anuncio de Tillerson. ¿Coincidencia?

Hace unos días, la primera ministra del Reino Unido, Theresa May, acusó directamente al gobierno ruso de envenenar con gas nervioso (el agente específico sólo se produce en Rusia) a un ruso que espió para Gran Bretaña, que estaba en prisión en Moscú y que llegó a Londres a cambio de la libertad de varios agentes del Kremlin presos en Gran Bretaña. El espía envenenado y su hija siguen en el hospital en estado crítico, y otras 17 personas resultaron afectadas.

Tillerson andaba de gira en África la semana pasada reparando las relaciones que dañó Trump con sus comentarios escatológicos sobre los países africanos. Adelantó su regreso, y en el vuelo comentó a la prensa que el ataque ruso en Inglaterra era inaceptable y que habría consecuencias.

Amaneció el martes, y poco después de las ocho de la mañana su equipo lo alertó de que el presidente Trump había decidido despedirlo, y lo hizo ¡por Twitter! Tillerson dijo que no se daría por enterado hasta no hablar con el presidente. A eso del mediodía, entró la llamada de Trump. No se sabe qué se dijeron, pero no fue una conversación agradable. ¿Fue la consecuencia u otra coincidencia?

Más allá de los motivos que haya tenido Trump para removerlo, la forma es una verdadera vergüenza. Despedir a cualquiera por Twitter no es solo una descortesía y una falta de educación monumental, es también un acto de profunda cobardía.

Rex Tillerson no fue buen secretario de Estado. Prácticamente desmanteló el aparato de política exterior de Estados Unidos, eliminando a gran cantidad de experimentados diplomáticos de carrera, dejando embajadas vacantes y destrozando la moral en el Departamento. Pero con todos sus defectos, ni él ni nadie merece una salida así, después de hacer todo a un lado para servir a su país.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.