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03/05/2018
Actualización 03/05/2018 - 11:44

En alguna columna anterior me he referido a ciertos rasgos que comparten Andrés Manuel López Obrador, candidato de Morena a la presidencia de la república, y Donald Trump, presidente de Estados Unidos. Conforme avanzan, en México la campaña de AMLO, y en Estados Unidos el gobierno de Trump (o “Trun”, como le dice El Peje) ese parecido entre los personajes ofrece la rara oportunidad de construir escenarios, hipotéticos, pero divertidos, de lo que podría ser la relación bilateral México-Estados Unidos en un eventual gobierno de López Obrador.

Empecemos por el asunto de comunicación personal. Aquí tenemos un problema. La expresión verbal, sobre todo si tiene que ser improvisada y veloz, no es el fuerte de Andrés. No sé, a ciencia cierta, el nivel de inglés de AMLO, pero si vemos la manera como a veces masacra el castellano, no lo quiero imaginar bilingüe. AMLO tendría de su lado la legendaria impaciencia trumpiana. Dada la tendencia del Peje a ponderar largamente las frases que usa, una bilateral con Trump podría ser interminable. Imaginen: larga y pausada oración de AMLO, traducción simultánea al oído de Trump (¿cómo se traducen las pausas?), respuesta de Trump sobre otro tema distinto, porque ya se le olvidó lo que dijo El Peje originalmente. Sonrisas de ambos líderes, se estrechan la mano (esto puede durar mucho, como con Macron, o nada, como con la Merkel, que es lo probable), se despiden y las versiones que salen de la Casa Blanca y Los Pinos (o como bautice la nueva residencia presidencial) del contenido de las pláticas son completamente contradictorias. Lo peor: ambos quedan felices y declaran una reunión exitosa.

Otra característica importante, y hasta peligrosa, que comparten Trump y AMLO es una credibilidad pública mermada. Trump es un caso aparte. Un día, frente a las cámaras de TV y los líderes del Congreso, promete firmar “lo que me manden, aunque no me guste” con tal de solucionar el tema DACA. Los legisladores preparan la iniciativa. Para el día siguiente, cuando se la llevan, los recibe rodeado de asesores varios y se niega a cumplir con su palabra. Resultado: no un hubo solución para los dreamers. ¿Qué pasó? Algo que le ocurre a AMLO con frecuencia: mucho de lo que dicen ambos está condicionado al auditorio que tienen enfrente. Ilustrativo de esto en AMLO es su vacilante postura ante el nuevo aeropuerto.

El discurso ante su base no debía dejar lugar a dudas: de ganar, eliminará los planes para construir el nuevo aeropuerto, y hará, en su lugar, pistas alternas en Santa Lucía. Pero después, ante banqueros e inversionistas que cuestionan la decisión, ofreció convocar una mesa de análisis con expertos para garantizar la viabilidad del proyecto (es viable) y la manera de impedir la corrupción en la asignación de contratos. Parece razonable. Pero al siguiente mitin volvió a su postura original: no habrá nuevo aeropuerto, y ni siquiera mencionó las famosas mesas, ante lo cual los empresarios las cancelaron. Resultado: incertidumbre hasta saber si gana la elección. Ni sus voceros saben qué decir y se contradicen unos a otros en diversos foros.

Más allá de las controversias en lo particular, esta relación, digamos ligera, que ambos líderes tienen con la verdad es una mala cosa. Dado lo complejo y amplio de la relación bilateral entre dos países que comparten una larguísima frontera, es casi una seguridad matemática que llegará algún tema en el que las verdades de ambos se contrapongan, y probablemente ninguno tenga razón. Aquella frase de AMLO en la que dice, hablando de temas de inmigración, “le voy a explicar a 'Trun' el asunto, y lo voy a hacer entrar en razón”, no es sólo un sueño tropical, es un peligro, puesto que del otro lado hay un megalómano capaz de cualquier locura.

Trump y AMLO comparten también la admiración al autoritarismo. Las posturas similares de ambos ante los aparatos de impartición de justicia de sus países se basan en el principio de que la procuración de justicia debe estar supeditada al Poder Ejecutivo. Clásica postura dictatorial que desemboca en la persecución 'legal' de los enemigos políticos.

Esto será tema de futuras columnas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.