Nada cambia
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Nada cambia

22/08/2019
Actualización 22/08/2019 - 15:09

El 7 de mayo de 2000, Vladimir Vladimirovich Putin se convirtió en presidente de Rusia, sucediendo en el puesto a Boris Yeltsin. A pesar de lo accidentado del mandato de Yeltsin, dada su disposición al vodka y otros excesos, se respiraban aires de libertad. Ya no había Unión Soviética, el férreo control de las fuerzas de seguridad interior se había distendido, llegaba al poder un presidente joven y popular, y había esperanza. Poco les duró el gusto.

Apenas había cumplido tres meses en el puesto, cuando Putin tuvo que enfrentar su primera gran crisis, y su manejo reveló rápidamente la concepción del poder del nuevo líder, entonces de solo 48 años de edad.

La mañana del 12 de agosto, el submarino nuclear Kursk, la estrella de la flota rusa, realizaba maniobras en el mar de Barents. Equipado con dos reactores nucleares, el submarino de clase Oscar II, un gigante de 154 metros de eslora, estaba armado con 24 misiles nucleares que podían ser disparados desde 6 tubos de torpedos. Lo mejor de la tecnología soviética estaba invertida en el Kursk, y su navegar bajo el agua era legendariamente silencioso y prácticamente indetectable.

A las 8:51 de la mañana, el capitán del Kursk, el comandante Gennady Lyachin, envió un comunicado a su base diciendo, “Listos para disparar torpedos.” Fue el último mensaje del Kursk. Unos minutos después, un torpedo en mal estado explotó, y en solo 135 segundos el Kursk se hundió a 106 metros de profundidad. Al tocar fondo, el golpe provocó una segunda explosión, 250 veces más potente que la primera, y que se registró como un temblor de 3.5 grados. La proa del Kursk quedó destrozada, y murieron 95 de los 118 tripulantes, aunque milagrosamente, los reactores nucleares no explotaron.

Los 23 tripulantes que sobrevivieron las explosiones no fueron rescatados, en una típica reacción soviética. Putin estaba de vacaciones en Sochi, su lugar de descanso predilecto. Le informaron de la tragedia, y decidió seguir de vacaciones, restringir al máximo la información sobre las explosiones y rechazar cualquier oferta de ayuda internacional. Los sobrevivientes tardaron seis días en morir, al terminarse finalmente el oxígeno. Sobra decir el desencanto y la indignación que esto provocó entre la población, que esperaba un liderazgo distinto, y que se encontró con una réplica de gobiernos soviéticos.

Ahora, 19 años después de la tragedia del Kursk, Putin se comporta exactamente igual ante la explosión detectada en Nyonoska, al noroeste de Rusia. El 8 de agosto explotó lo que se presume es un nuevo sistema de propulsión nuclear para misiles rusos. Se ordenó la evacuación de la ciudad más cercana, Severodvinsk, que está a 20 kilómetros de la instalación militar del accidente. Horas después, se canceló la evacuación, afirmando que no había incremento radioactivo en la atmósfera. Pero a dos días de la explosión, las dos estaciones de medición radioactiva más cercanas a Nyonoska dejaron misteriosamente de transmitir. Tres días después, las dos siguientes estaciones de monitoreo más cercanas también quedaron en silencio. No se ha informado el motivo.

Hay ya ocho muertes confirmadas, entre ellas cinco científicos, y el personal médico local que atendió la emergencia ya fue trasladado a Moscú, donde por lo menos uno presentó síntomas de exposición a material nuclear. Mientras, monitoreos occidentales siguen la huella de contaminación radioactiva que se extiende por Rusia, y que eventualmente rebasará fronteras. Pero Putin no dice nada.

Es el viejo libreto soviético. El que se aplicó en Chernobyl, con el Kursk y ahora en Nyonoska. El mismo que inventó Stalin para ocultar el genocidio de incontables millones de rusos. La población rusa, resignada durante siglos a soportar las locuras de sus líderes, sabe que, en realidad, nada ha cambiado.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.