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Muerte en Estambul

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Muerte en Estambul

15/10/2018

Jamal Khashoggi era un personaje conocido y conectado con las más altas esferas del reino de Arabia Saudita. Había seguido con atención y creciente sobresalto la manera como el príncipe Mohammad bin-Salman maniobró a su padre, el rey Salman, a nombrarlo príncipe heredero. Khashoggi veía claramente el lado oscuro de un príncipe cuya imagen de reformista se había construido con todo cuidado. Por ello, decidió emigrar.

La historia de Khashoggi explica por qué el príncipe heredero lo consideraba un peligro. Su abuelo, Muhammad Kashoggi, era el médico personal del rey Abdulaziz al-Saud, fundador del reino de Arabia Saudita. Sobrino, también, del famoso traficante de armas saudí Adnan Khashoggi, involucrado en el escándalo Irán-Contra en tiempos de Reagan, y primo de Dodi al-Fayed, quien murió con la princesa Diana en aquel accidente de tránsito en París.

Jamal Khashoggi ejerció el periodismo en Arabia Saudita sujeto a las limitaciones que le imponía el régimen totalitario, que poco a poco se convirtieron en insoportables. Cuando, por órdenes del gobierno, quedó suspendida su cuenta en tuiter, se refugió en Estados Unidos, en donde, en 1982, había obtenido una licenciatura en administración por la Universidad de Indiana.

Khashoggi fue rápidamente contratado por el Washington Post para escribir columnas de opinión, en donde, al tiempo que aplaudía algunas de las reformas del príncipe bin-Salman, como permitir a las mujeres manejar e ir al cine, mantenía sus críticas al bloqueo contra Qatar, al secuestro en Riyadh del primer ministro libanés, al arresto de Loujain al-Hathloul, principal defensora de los derechos de la mujer. También expresaba posiciones contra Israel y Trump, recientes aliados saudis.

La gota que derramó el vaso fue la creación de un nuevo partido político llamado “Democracia para el Mundo Árabe Ya”, encabezado por Khashoggi, y que amenaza con convertirse en la oposición política más seria en contra del príncipe heredero.

Este era el escenario ante el que Khashoggi, para poder casar con una ciudadana turca, se vio en la necesidad de acudir a un consulado de Arabia Saudita, ya que requería ciertos documentos para completar los trámites matrimoniales.

Consta en grabaciones que entró al consultado de Arabia Saudita en Estambul. Las autoridades saudíes dicen que poco después salió del consulado, pero no hay grabación que avale esta versión, y nadie lo ha vuelto a ver.

Lo que sí hay es la versión de las autoridades turcas. Afirman que la noche anterior llegaron en dos vuelos privados, 15 agentes de seguridad de Arabia Saudita, entre ellos un médico forense y un diplomático, y todos están identificados por nombre. Salieron del país la noche siguiente, unas horas después de la desaparición de Khashoggi. Dijeron, también, que contaban con grabaciones de audio donde se escuchaba el interrogatorio, tortura y asesinato de Khashoggi, para luego destazarlo.

¿Cómo obtuvieron los turcos esa evidencia? ¿Hacen espionaje en todas las sedes diplomáticas extranjeras? Los turcos dicen que no. La grabación de audio y de video (dicen que también hay) se consiguió a través del reloj Apple de Khashoggi, quien lo encendió antes de entrar al consulado, y grabó todo, hasta su muerte, y lo subió a la nube. ¿Por qué solo los turcos han podido acceder a esa señal? Aún no hay respuesta.

En caso de que la muerte de Khashoggi se compruebe, como parece probable, la gran pregunta es de qué tamaño será la reacción internacional. El presidente de Estados Unidos es un sólido aliado del príncipe heredero, pero la coyuntura electoral en su país tal vez lo obligue a adoptar una postura más firme, aunque se ve difícil que vaya a haber sanciones económicas, a menos que el Senado intervenga. La ONU también reaccionará, pero sin facultades reales para inclinar la balanza.

Otro signo de nuestros tiempos: la impunidad avanza a todos niveles, y la voluntad de detenerla parece flaquear.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.