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07/05/2020
Actualización 07/05/2020 - 16:01

Entre otras muchas cosas, la crisis de salud en el mundo provocada por el coronavirus, y su consecuencia, el Covid-19, ha revelado los niveles de capacidad técnica y humana que tenemos para lidiar con un fenómeno de suma gravedad, cuyo precedente más reciente fue hace 100 años, por lo que nadie tiene la experiencia pasada para ayudarse en la toma de decisiones.

El oscuro escenario que enfrentamos requiere de imaginación, audacia, valor y una buena dosis de serenidad, que permita a las mentes que llevan dedicadas vidas enteras a estos asuntos, hacer las recomendaciones y sugerir las mejores políticas a aplicar con objeto de mitigar los devastadores efectos de la pandemia y, eventualmente, controlarla. Pero esas mentes nunca son las responsables de tomar las decisiones. Su influencia se limita a informar, investigar y argumentar en favor o en contra de tal o cual medida por el impacto que pueda tener en la población. Jugar ese papel es esencial, pero más lo es mantener un criterio estrictamente científico.

Rusia, un país con una arraigada tradición de opacidad gubernamental, la está pasando mal. La operación 'silencio' aplicada por el presidente Vladimir Putin, está estirada al punto de quiebre. Gracias a una dramatización presentada por HBO hace aproximadamente un año, pudimos recordar el horror del accidente nuclear en Chernóbil. Pero más grave fue el intento del aparato de inteligencia del Estado, de ocultar los hechos, las víctimas y las consecuencias. Mijail Gorbachov, premier de la entonces Unión Soviética en 1986, no era tan ducho como Putin en esto de la opacidad, así que las dimensiones del desastre empezaron a filtrarse. Pero la situación de Rusia ante el Covid-19 empieza ya a conocerse. Los recientes suicidios de médicos abrumados e infectados pusieron luz sobre las pésimas condiciones sanitarias con las que se está trabajando la pandemia. Imposible saber el número de muertes o contagios, porque es un secreto de Estado celosamente guardado, pero deben ser, como en casi todo el mundo, escandalosas.

Así como Putin miente, empezaremos a descubrir que el engaño sobre las víctimas de la pandemia es global. Parte porque no saben, pero parte por lo que saben que es inaceptable, con poquísimas excepciones, los gobiernos reportan cifras inferiores a las reales. Se entiende que no quieran provocar pánico, pero es ahí donde se demuestra el liderazgo.

Ángela Merkel, en Alemania, siempre habló con la verdad y ahora recoge dividendos. Boris Johnson, en Gran Bretaña, reconoció que el modelo centinela fue un error, dio marcha atrás y se ganó la credibilidad de sus compatriotas.

Y luego están los populistas, con respuestas diversas. El presidente Donald Trump, en Estados Unidos, en guerra permanente con sus autoridades de salud, presiona para reabrir la economía. Jair Bolsonaro, en Brasil, dice que no importa que haya más muertes, que hay que reabrir. Andrés Manuel López Obrador, en México, al reconocer el absurdo de recomendar estampitas, o decir que los mexicanos somos inmunes, encontró un científico dispuesto a la manipulación, y es fecha que el subsecretario de salud Hugo López-Gatell sigue defendiendo el método centinela.

El problema para estos tres últimos gobernantes es que quemaron los pocos cartuchos de credibilidad que les quedaban. No importa a quién intenten culpar en el futuro del reguero de cadáveres; el ciudadano, después de la lamentable actuación de los tres, sabrá dónde fincar responsabilidades. Los tres comparten una soberbia infinita con una necedad a toda prueba, así que comprobarán que la mentira nunca es buena política.

Es una desgracia tener que estar pasando por una crisis mayúscula para desnudar a los aprendices de emperador.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.