Las 'Mañaneras'
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Las 'Mañaneras'

04/02/2019

La gestión de Andrés Manuel López Obrador al frente del gobierno de la Ciudad de México a partir de diciembre de 2000, dejó claro, entre otras cosas, la eficacia de las conferencias de prensa matutinas.

Originalmente, la idea no fue muy bien recibida por los reporteros de la fuente, porque alargaba considerablemente su jornada laboral. Hubo, incluso, algunos rumores que hablaban de un boicot. Pero para los editores en los medios, la “mañanera”, como se le bautizó desde entonces, presentaba una tentación irresistible.

Sobre todo para quienes teníamos un horario matutino, (en mi caso, conducía entonces Primero Noticias, a las 6 de la mañana) podíamos contar con información fresca, sin tener que basarnos en las notas del día anterior.

Políticamente, el ejercicio sirvió enormemente a López Obrador. Le permitió establecer la agenda diaria, enfocar la atención nacional a los temas que le interesaban, y empezó la larguísima construcción de la imagen que, al día de hoy, le permitió llegar a la presidencia de la república con un abrumador apoyo popular.

Esa imagen, al correr del tiempo, se fue modificando. Tal vez como resultado del competido proceso electoral del 2006, y su genuina convicción de que un fraude electoral ocasionó su derrota, la conducta de López Obrador se tornó más radical. Se declaró “presidente legítimo” (un delito), tomó Reforma (otro delito) y su discurso incluyó el famoso “al diablo con sus instituciones”.

Durante el sexenio de Felipe Calderón, la estrella política de López Obrador parecía eclipsarse. Si bien se postuló como candidato presidencial del PRD y otros partidos, nunca fue un factor real en el proceso, a pesar de la vulnerabilidad del candidato priista Enrique Peña Nieto. Ante la derrota, esta vez inobjetable, López Obrador decidió cambiar totalmente de rumbo. Su diagnóstico fue correcto.

Empezó por crear un nuevo partido. El Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) agrupó, de inicio, a los incondicionales. Su primera prioridad fue corregir el principal defecto del PRD, que era la falta de presencia nacional. Empezaron las interminables giras por los distintos municipios del país, y en cada una, dejaba sembrada la semilla de una organización.

Luego, abrió el paraguas para recibir a los inconformes de los otros partidos. Llegaron priistas, panistas y perredistas, todos con agendas propias, pero todos dispuestos a someterse al líder mientras encontraban acomodo.

En el lado personal, López Obrador también vivió cambios importantes. Casó con Beatriz Gutiérrez Müller, con quien procreó un hijo. En algún momento, encontró la religión, y esto le hizo abandonar ideas de izquierda profundamente enraizadas, dando paso a una glorificación de la moral pública como política de Estado. No le provoca conflicto que esta postura sea absolutamente anti-juarista y conservadora, y se sigue llamando liberal contra toda la evidencia.

Toda esta evolución política y personal se ve reflejada todos los días en la nueva versión de “la mañanera”. Es muy distinta esta mañanera a la de hace casi 20 años. Entonces, era un ejercicio pragmático, donde AMLO respondía preguntas de la prensa con datos específicos. Ejercía un gobierno mucho más transparente de lo que vemos hoy. Sus respuestas rara vez incluían juicios morales ni ataques a sus adversarios políticos. No lo recuerdo quejándose de administraciones anteriores, ni extendiendo el ejercicio más de una hora.

Las “mañaneras” de ahora son interminables. En cuanto a información, aportan poco. Si acaso, exhiben de manera evidente la incapacidad de algunos miembros del gabinete, pues cuando intentan informar con datos duros, con mucha frecuencia caen en errores fácilmente comprobables. Siguen sirviendo al ahora presidente López Obrador para establecer agenda, y llevar el intercambio a temas que le resultan cómodos. Pero además, usa la mañanera para predicar moral. La moral es un mecanismo valioso para cualquier sociedad, pero peligroso si se usa como parte del Estado. Lo enseña la historia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.