menu-trigger
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

La sucesión en la Corte

COMPARTIR

···
menu-trigger

La sucesión en la Corte

21/09/2020

El 13 de febrero de 2016, la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos se enlutó con la muerte del juez asociado Antonin Scalia, uno de los nueve miembros del club más exclusivo del país. Scalia llegó a la Suprema Corte en 1986, nominado por Ronald Reagan. Fue un juez conservador, defendiendo siempre el texto de la Constitución, apegándose siempre al significado literal, tanto de la redacción original como de la jurisprudencia establecida por las cortes anteriores.

Su muerte produjo una vacante que rápidamente se convirtió en una crisis política. La propia Constitución establece el derecho del presidente en turno a nominar candidatos para cubrir vacantes en la Suprema Corte, y después de audiencias con el aspirante en Comité, la nominación pasa al Pleno del Senado, donde se vota, por mayoría simple, la confirmación o el rechazo.

Pero en 2016 terminaba el mandato del presidente Barack Obama, el país se preparaba para una elección que sería competida. El presidente Obama sabía que tenía que proponer un candidato centrista, porque el Senado tenía mayoría republicana, y ningún juez con reputación liberal sería ratificado.

Aún antes de que la Casa Blanca anunciara su candidato, Mitch McConnell, el líder de los republicanos en el Senado, anunció que, dado que faltaba menos de un año para cambiar presidente, no dejaría pasar ninguna nominación presidencial, bajo el peregrino argumento de que los ciudadanos tenían el derecho de elegir a un nuevo presidente que reflejaría el deseo popular en su nominación. Esto rompió siglos de tradición en el Senado.

En esos días, el tema no preocupaba demasiado a los demócratas, porque se sentían seguros de una victoria de Hillary Clinton. Sólo el presidente Obama entendió el precedente que se sentaba. Por ello, nominó al juez Merrick Garland para ocupar la vacante. Garland tenía una reputación impecable como un centrista, que en su trayectoria judicial no había mostrado tendencias obvias hacia ningún lado del espectro. Pero ni así. En un acto polarizante, y sumamente criticado, McConnell bloqueó la nominación, ni siquiera permitiendo audiencias para ratificar a Garland. Y después, ganó Trump, y como dice Martinolli, se le vino la noche a la Suprema. De entonces para acá, hay dos nuevos jueces, Neil Gorsuch y Matt Cavanaugh, que ya le dieron un tinte conservador a la Corte.

El viernes murió Ruth Bader Ginsburg, a los 87 años. La jurista, nombrada por Bill Clinton a la Corte, luchó contra el cáncer hasta el último momento, preocupada por su sucesión. Escribió una carta final, donde expresa como última voluntad, esperar al resultado de la elección de noviembre, antes de designar a quien ocupará su cargo.

No habían salido del hospital sus restos, cuando Mitch McConnell ya había anunciado que en cuanto llegara la nominación de Trump, sería procesada y aprobada por el Senado, para tener un dominio conservador de la Corte de 6-3. Es decir, todos los argumentos con que justificó no permitir el debate sobre Garland, se podrían aplicar ahora. Pero McConnell tratará de pasarse las reglas por el arco del triunfo.

McConnell no la tiene asegurada. La elección es inminente, y varios senadores peligran en su intento de reelegirse. Un intento tan radical de McConnell podría hacer peligrar gravemente su mayoría en el Senado, pero parece que eso no le importa demasiado. Bueno, a él, que tiene prácticamente asegurada la reelección. Pero no a muchos de sus colegas. Hay senadores que saben que un voto a favor de un nuevo juez se puede convertir en el clavo final de sus aspiraciones reelectorales, y otros, que simplemente no pueden digerir tanto cinismo. Además, queda muy poco tiempo, porque de los 43 días que faltan para la elección, los senadores estarán distraídos haciendo campaña.

Ya lo que pase después de la elección, es impredecible, en cualquier escenario.

Ruth Bader Ginsburg, segunda mujer en llegar a la Suprema Corte (la primera fue Sandra Day O’Connor), defensora implacable de las mujeres, una mente gigante en el terreno judicial, respetada y querida hasta por Trump, murió el viernes. Tenía 87 años. Descanse en paz.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.