La era Putin
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La era Putin

12/12/2019
Actualización 12/12/2019 - 13:10

Mientras en el Congreso de Estados Unidos, la líder de la bancada demócrata Nancy Pelosi anunciaba los dos artículos de destitución contra el presidente Donald Trump, éste recibía en el Despacho Oval de la Casa Blanca una visita incómoda, por decir lo menos. Sergei Lavrov, el ministro de relaciones exteriores de Rusia, se dio una vueltecita por la oficina presidencial. Y no es que faltaran temas para que ambos discutieran. Es que no sabemos (ni sabremos) cuáles fueron. O sí.

La visita anterior del camarada Lavrov a la Casa Blanca fue en marzo de 2017, apenas comenzando la administración Trump. Entonces, Lavrov se hizo acompañar del aún embajador ruso ante Estados Unidos, el inolvidable Sergei Kyslyak, cuyas famosas conversaciones telefónicas con el general Michael Flynn, pondrán a este último tras las rejas. En aquella visita, pasaron cosas.

Nadie en Estados Unidos sabía de la visita. Los medios se enteraron por un comunicado de prensa ruso, que incluso circuló fotografías del encuentro. Al principio, la indignación de la prensa que cubre a Trump fue comunicada, pero fue solo el principio de un patrón. La prensa estadounidense ya se tuvo que acostumbrar a enterarse por medio del Kremlin cuándo hay llamadas o encuentros entre oficiales rusos y estadounidenses, porque ha pasado varias veces.

Esa reunión se dio al día siguiente de que Trump despidió a James Comey como director del FBI, hecho que desembocó en el nombramiento de Robert Mueller y su investigación sobre los lazos entre Rusia y la campaña de Trump que duró dos años. Trump, en su perpetua imprudencia, le comentó a Lavrov que había despedido a Comey porque el tipo tenía un tornillo zafado, y que con eso se había quitado de encima la presión por la investigación sobre Rusia. Dijo, además, según funcionarios presentes en la reunión, que no le preocupaba en lo más mínimo la intervención rusa en las elecciones de EU. Total, EU hace lo mismo en otros países. Pero aún más grave, Trump, quien no es capaz de guardar ningún secreto, reveló a Lavrov la identidad de un agente infiltrado en el ejército islámico, que había proporcionado valiosa inteligencia. El problema es que el agente era israelí, y el asunto no le hizo la menor gracia a la Mossad.

Tampoco a la CIA. A raíz de los comentarios trumpianos, decidieron sacar de Moscú a su agente más valioso, un funcionario con acceso directo a Vladimir Putin, porque consideraron demasiado alto el riesgo de que su presidente soltara la sopa. Hoy, ese agente vive en EU en el retiro, y la CIA se quedó sin su espía ruso mas efectivo.

No es de descontarse que, simultáneamente con la reunión Lavrov-Trump en la Casa Blanca, en París, el presidente de Ucrania, Vlodomyr Zelenskiy y el presidente de Rusia, Vladimir Putin, con Emmanuel Macron y Angela Merkel como testigos, sostuvieron la cumbre por la paz en Ucrania. No es un secreto que Zelenskiy llegó a esa reunión considerablemente debilitado en su posición negociadora por todo el escándalo que se ventila en Washington. Y sí, ahí estuvieron Francia y Alemania para apoyarlos. Pero, ¿y el principal socio de Ucrania? Pues estaba en el Despacho Oval, haciéndose el desentendido, y, al parecer, recibiendo instrucciones de su jefe en Moscú sobre cómo proceder. De este tamaño: al terminar la reunión, la Casa Blanca emitió un comunicado diciendo que Trump había advertido a Lavrov que no intervinieran en la elección de 2020. En una conferencia de prensa posterior, Lavrov fue cuestionado al respecto, y respondió que el tema de las elecciones no se tocó.

Habrá que reconocer que los libros de historia del futuro definirán este principio del siglo XXI como la era Putin, porque el ruso ha logrado prácticamente todos sus objetivos de política exterior a un costo bajísimo. La OTAN, como dijo Macron, con muerte cerebral, la Unión Europea con un futuro altamente incierto, y la división interna y el encono nacional en Estados Unidos, su principal rival geopolítico, cuyo gobierno parece totalmente cooptado por el Kremlin.

Así andan.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.