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Kamala

13/08/2020
Actualización 13/08/2020 - 14:55

El anuncio se hizo el martes por la tarde. Joe Biden, el virtual candidato presidencial del Partido Demócrata de Estados Unidos, confirmó lo que muchos sospechaban: Kamala Harris será su compañera en la boleta electoral para enfrentar al presidente en funciones Donald Trump y al vicepresidente Mike Pence.

La senadora Harris, a sus 55 años, tiene una larga y envidiable carrera política. Se menciona poco, pero parte de su éxito y conexiones se deben a un romance de años con el legendario Willie Brown, quien presidió la Cámara de Representantes de California durante 30 años, para después convertirse en alcalde de San Francisco.

A pesar de que la relación Harris-Brown era pública, Willie Brown seguía casado, aunque separado. Pero aparecían como pareja en múltiples eventos sociales y políticos, y dado el altísimo perfil de Willie Brown, y el innegable carisma personal de Kamala, esto sirvió para que ella creara una impresionante lista de donadores, y una sólida base de apoyo entre los millonarios de San Francisco, que impulsaron su primera candidatura y victoria como procuradora general de San Francisco.

Para entonces su relación con Willie Brown había terminado.

“Ella terminó la relación”, dijo Brown. “Me dijo que no veía futuro, y tenía toda la razón”.

Sus padres se conocieron en la Universidad de California en Berkley. Su madre, nacida en India, estudiaba un doctorado en endocrinología, y su padre, originario de Jamaica, es profesor emérito de economía de la misma institución. Ahí creció junto con su hermana Maya.

De una exitosa, aunque controvertida gestión como procuradora de San Francisco, de 2004 a 2011, Harris brincó a la candidatura a la Procuraduría General del estado. Después de una muy reñida elección, obtuvo el triunfo, y en la reelección de 2014 ya ganó con comodidad. Era momento de atender su vida personal, y Kamala se casó con el abogado Douglas Emhoff, y se convirtió en madrastra de los dos hijos de su esposo. Ella no tiene hijos propios.

A estas alturas, y con apoyo de toda la nomenclatura demócrata, es decir, Nancy Pelosi, líder de la Cámara de Representantes, y Dianne Feinstein, senadora por California, Kamala Harris decidió buscar una de las dos senadurías del estado de California. Una era de Feinstein. La otra, ocupada hasta entonces por Barbara Boxer, quedaba vacante.

Hubo tentaciones. La fama y el prestigio de Kamala Harris llevaron al presidente Barack Obama a considerarla para procuradora general de la nación, primero, y luego pensó en postularla para ocupar la vacante que se produjo en la Suprema Corte a la muerte del magistrado Antonin Scalia. Harris rechazó ambas posibilidades, declarando que su único interés era el Senado. Fue una decisión sabia, puesto que esa vacante no fue cubierta sino hasta después de la elección de Trump, por una sucia maniobra administrativa del líder republicano del Senado, Mitch McConnell.

Joe Biden desde siempre anunció que su compañera de fórmula sería mujer. Escoger a una mujer de color, dado el difícil clima racial por el que atraviesa Estados Unidos, es un acierto. Es un secreto a voces que la avanzada edad de Biden casi precluye su derecho a buscar la reelección, lo que dejaría a Kamala como el relevo natural de los demócratas. La barrera de color quedó rota con Obama, y todo apunta a que la de género podría derrumbarse con Kamala. No es impensable tampoco que, por una u otra razón, Biden, de ganar, no pueda concluir su mandato.

La otra candidata fuerte era Susan Rice, la exconsejera de seguridad nacional de Obama. Pero era políticamente arriesgado, porque hay muchos esqueletos en ese armario, y Kamala, en cambio, acaba de pasar por el escrutinio público durante su campaña presidencial. Misma campaña en la que adquirió invaluable experiencia como candidata, y se dio a conocer en todo el país desplegando un gran carisma.

Ya se ganó, incluso, el dudoso honor de recibir su primer apodo de Trump. “Phony” Kamala, o la farsante Kamala. Lo único seguro es que, si hay debate vicepresidencial, Pence será inevitablemente aplastado.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.