G7: atorados
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G7: atorados

27/08/2019
Actualización 27/08/2019 - 15:19

En una colaboración reciente, les comentaba sobre la incapacidad, aparentemente genética, que tenemos los humanos para ponernos de acuerdo. Los líderes del G7, cuya reunión terminó el lunes en Biarritz, Francia, no me dejaron mentir.

El tema más urgente de la cumbre, el que más le interesaba al anfitrión, el presidente de Francia Emmanuel Macron, era el ecocidio salvaje que padece la selva del Amazonas en Brasil. Mientras miles de hectáreas del principal pulmón del mundo arden, el presidente Bolsonaro de Brasil, cuya retórica inspiró a los pirómanos, finalmente ordena la intervención del Ejército para ayudar a sofocar el fuego. Esto, luego de que la presión internacional tuviera efecto, aunque el golpe decisivo se esperaba desde Biarritz.

La sesión sobre el cambio climático se realizó, para sorpresa de nadie, con la ausencia de Donald Trump, el presidente de Estados Unidos, un notorio enemigo de la ciencia y la ecología. Dijo Trump que no podía asistir, porque tenía reuniones bilaterales con Angela Merkel, canciller de Alemania, y con Narendra Modi, primer ministro de India. Lo curioso fue que ambos sí estuvieron en la reunión.

No se saben los detalles de lo discutido, aunque es de suponerse que la mercurial conducta de Bolsonaro fue tema. El caso es que el resultado fue una decepción mayúscula. Anunciaron que contribuirán con 20 millones de dólares para controlar la emergencia. La cifra es ridículamente baja, y manda una pésima señal en cuanto a las prioridades de las democracias occidentales.

Hablando de prioridades, fue evidente que lo más importante no era sofocar los incendios en Brasil, sino los que podían encenderse en Biarritz. Había que evitar, casi a cualquier costo, que Donald Trump hiciera explotar la cumbre, como lo hizo el año pasado en Canadá, cuando acabó negándose a firmar el comunicado final. Por ello, desde antes de comenzar la cumbre, Macron dijo que no habría documento final.

Había buenos motivos de preocupación. En días pasados, Trump ya había expresado su intención de impulsar el reingreso de Rusia al grupo. Argumenta que la salida de Rusia del entonces G8 fue un capricho de su antecesor, Barak Obama. Omite mencionar que la expulsión de Rusia se debió a una invasión ilegal a Ucrania, que culminó con la anexión de Crimea. El voto de expulsión fue unánime, y la voluntad de mantenerlo así también lo es, excepción hecha de EU, que sostendrá su postura pro-Putin mientras Trump esté en la Casa Blanca. Nada bueno presagia esto para el siguiente G7, cuyo anfitrión será Trump. Ya anunció su intención de habilitar como sede a uno de sus clubes de golf en Florida, cosa que ocasionará escándalo en su país, pero eso ya se volvió normal. La Constitución de EU prohíbe al presidente usufructuar personalmente ejerciendo su mandato, cosa que Trump hace todos los días con sus hoteles. En este caso, serían millones para Trump en hospedaje y comida de las siete delegaciones más los invitados. ¿Y quiénes serían los invitados? Trump ya envió señales de que invitaría al mismísimo Vladimir Putin a la cumbre de la que fue expulsado.

El efecto Trump en la cumbre se refleja de otras maneras. Su presencia o ausencia de las diversas reuniones parece ya no importar mucho. Lo esencial es no hacerlo enojar para que no destruya meses de trabajo diplomático delicado con un tuit. Pero los acuerdos, las conversaciones sustantivas, ya no lo toman en cuenta. Un buen ejemplo es la sorpresiva aparición de Javad Zarif, ministro de exteriores de Irán, quien se reunió con Macron. Zarif dijo específicamente que se negaría a ver a Trump, pero de hecho, parte de la discusión tocó la posibilidad de una cumbre entre Trump y el presidente de Irán Hassan Rouhani, asunto que confirmó Trump en su conferencia de prensa final.

Los problemas siguen ahí: un Brexit duro inminente, India y Pakistán con el problema de Cachemira, crisis ambientales en Brasil y Rusia, manifestaciones masivas en Hong Kong, guerra comercial entre China y EU, y poco se pudo avanzar en estos temas. Lo cierto es que los jefes de Estado, con el mundo entero detrás, esperan ansiosos que las elecciones presidenciales de 2020 en Estados Unidos puedan retornar la sanidad a las relaciones diplomáticas internacionales, antes de que todas las alianzas, construidas con enorme esfuerzo durante 70 años, queden destrozadas por un extraño personaje de pelo amarillo y tez naranja, que tiene su propia versión de la realidad.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.