El planeta
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El planeta

11/07/2019
Actualización 11/07/2019 - 14:55

A mediados del siglo XIX, los colonizadores europeos llevaron a Australia sus conejos. El continente, hasta entonces, había pasado millones de años prácticamente aislado del resto del mundo, por lo que la evolución de las especies nativas de Australia, incluido el hombre, había encontrado un equilibrio ecológico propio y aceptable, que permitía el desarrollo sustentable de la vida. Entonces llegaron los conejos.

El conejo europeo encontró en Australia territorio fértil. La evolución natural no había tomado en cuenta esa especie, por lo que los conejos no encontraron depredadores que controlaran su población. Por ello, los conejos empezaron a reproducirse a gran velocidad, al grado de alterar el equilibrio ecológico. Se convirtieron en una plaga. Por ello, se introdujo legislación en el Parlamento para reducir la población de conejos. El problema no se solucionó del todo. A través de los años, ha habido rebrotes esporádicos de la población de conejos que ocasionan enorme daño a la agricultura. En 1995, los científicos usaron un virus, mixomatosis, que acabó con 95 por ciento de la población de conejos, pero no es tan fácil vencer a la naturaleza. Los conejos desarrollaron resistencia al virus, y hubo un nuevo brote en 2011.

Controlar, o al menos, paliar esta plaga, requirió de la intervención directa de otra especie, superior en el nivel evolutivo, capaz de influir en un hábitat. Esa especie es homo sapiens.

Pero, ¿quién controla a homo sapiens? Porque no hay duda de que la plaga más grave que amenaza al planeta, somos nosotros. De que el hombre pisó la luna, en 1969, la población mundial se ha más que duplicado, en solo 50 años. La enorme capacidad cerebral del hombre ha permitido, hasta ahora, alimentar y sostener a la humanidad. Los niveles de pobreza y hambruna en el mundo siguen a la baja, pero eso va a cambiar. El proceso civilizatorio de la humanidad ha llegado a gran costo, y no parecemos capaces de ponerle un remedio. Seguimos en la negación.

El mes de junio que acaba de terminar, registró el promedio más alto de temperatura global desde que se lleva la estadística. Los efectos son ya palpables y visibles. Netflix, en un maravilloso documental titulado “Nuestro Planeta”, logró captar toda una secuencia que permite ver en tiempo real la destrucción de un gigantesco glaciar en Groenlandia. La belleza de las imágenes no puede ocultar el horror subyacente, que es la destrucción sistemática del hábitat de millones de especies.

La tierra se calienta porque continúan elevándose los índices de CO2 en la atmósfera. El bióxido de carbono que respiramos plantas y animales está ya produciendo, según estudios del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, una reducción del contenido nutritivo en productos agrícolas y ganaderos, que empezará a afectar el desarrollo humano.

El planeta ya ha pasado por momentos de alta concentración de CO2, y tiene sus mecanismos para remediarlo: se llaman selvas tropicales, cuya densa vegetación absorbe y elimina los excedentes de CO2 en la atmósfera. Pero estamos, parece, decididos a acabar con las selvas tropicales, hogar del 90% de las especies. El mundo, a causa de la tala clandestina, pero también la tala decretada por los gobiernos para estimular la agricultura, está acabando con 15 millones de hectáreas de selva tropical cada año, con la consecuente reducción de la capacidad del planeta para procesar el CO2.

La clase gobernante es notoriamente incapaz de ofrecer soluciones. Solo la Unión Europea y, sorprendentemente, China parecen preocupados por el cambio climático. En Estados Unidos, el presidente Trump gira órdenes para que se oculten los datos que comprueban el deterioro ambiental. En Brasil, Bolsonaro mira a otra parte ante la destrucción sistemática de la selva amazónica, el pulmón más grande del mundo. En México, el presidente López Obrador opta por generación de energía sucia, a partir del carbón, violando el espíritu de los acuerdos de París. En Rusia, Putin, por el estilo, destroza millones de hectáreas de bosques en Siberia, mientras sigue perforando para buscar más petróleo.

No hemos sido capaces, como especie, de enfrentar un problema global con soluciones reales. No hay voluntad. No nos ponemos de acuerdo. Y me temo que es una característica genética de los humanos. El mismo instinto que nos hace tan celosos de nuestra libertad individual, precluye un esfuerzo colectivo a nivel especie.

Ojalá me equivoque, porque corremos el peligro de acabar como los conejos de Australia: sin un freno natural, entre nuestra masiva reproducción, y nuestra incapacidad de organizar un esfuerzo que incluya y convenza a todos, la naturaleza se encargará de recuperar el balance en el planeta, y al hombre no le irá bien.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.