El golfista
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

El golfista

COMPARTIR

···

El golfista

04/04/2019
Actualización 04/04/2019 - 14:11

Llevo años de leer y disfrutar a Rick Reilly. Originalmente, lo descubrí como uno de los articulistas más divertidos de Sports Illustrated, la revista considerada la biblia del deporte en los Estados Unidos. Su especialidad era el golf. Después de varios años, Reilly dejó la revista, y escribió un libro memorable titulado Who´s your caddy?, en el que describe su experiencia cargando los bastones de diversos personajes en una rueda de golf. La lista incluye jugadores profesionales, pero también personalidades del espectáculo y otros ámbitos, y uno acaba atacado de risa, aunque no le guste el golf.

Reilly acaba de publicar su más reciente libro, y estará disponible en mayo. Se llama Commander in cheat, que es un juego de palabras en inglés, cuya traducción literal es Comandante en trampas, y sospecho que ya se imagina, lector, de qué se trata.

Reilly entrevistó a docenas de personas que han jugado golf con Donald Trump, presidente de Estados Unidos, y aunque pocos tenían duda de la poca calidad moral del individuo, el libro lo pinta de cuerpo entero.

El golf es un deporte que revela la personalidad de la gente. Aquí no hay árbitros. La responsabilidad de seguir las reglas es del jugador. No es raro ver en la gira profesional de golf a un jugador castigarse a sí mismo por una falta que nadie más vio. Como tampoco es raro darse cuenta, durante una vuelta, que hay quien estira la liga. Las reglas del golf son complicadas, y el jugador puede salirse con la suya a veces, pero si esto se convierte en un patrón, acabará por recibir la censura fulminante de sus rivales, y empezará a darse cuenta que ya nadie quiere jugar con él. A menos, claro, que se trate del presidente de la república.

La leyenda mexicana del golf, Lorena Ochoa, jugó al menos un par de veces con Donald Trump. Por más que lo intenté, nunca pude convencerla de que hablara de esa experiencia, pero muchos otros sí le contaron sus anécdotas a Rick Reilly, y el resultado es una carcajada continua, pero también una ducha de agua helada. ¿Cómo es posible que los estadounidenses hayan votado para instalar en la Casa Blanca a un sujeto de tan baja estatura moral?

El libro describe las maniobras de Trump en el campo. Cada vez que llega a su pelota, la acomoda para facilitarse el tiro. Las reglas dicen que no se puede alterar la ubicación de la pelota. Pero va mucho más allá. Con la complicidad de su caddy, si se pierde la pelota en la maleza, como por arte de magia aparece otra con una ubicación inmejorable. Si el tiro del rival es bueno, el caddy se encarga de mover la pelota y tirarla a una trampa de arena. Y, por supuesto, a la hora de sumar los golpes, Trump siempre afirma un total menor al que realmente hizo. Hace estas cosas con una obviedad infantil. Ya nadie lo toma en serio.

Reilly no se lo explica. Trump es un buen jugador. Para su edad (72 años), si contara todos sus golpes y jugara respetando las reglas, tiraría 80s medios, que es un nivel excepcional. Pero no. No le basta. Tiene que poder presumir que tira en los 70s, y para ello hace trampas. Tiene que ganar, a como dé lugar.

Así es, por supuesto, en todos los aspectos de su vida. Si para ganar la presidencia tuvo que recurrir a mil mentiras sobre Hillary, y a la ayuda de Moscú, pues París bien vale una misa. Si para presumir que es billonario tiene que alterar estados financieros y valuar sus propiedades en sumas estratosféricas e irreales, pues aunque sea delito, Forbes no se dará cuenta. Ni los bancos, porque él es Donald Trump.

Todavía a estas alturas, y después de dos años y medio de mentira tras mentira desde el púlpito presidencial, Trump piensa que su palabra sigue siendo suficiente para convencer a su pueblo.

Y lo peor, es que es verdad. Buena parte de su base aún cree en él. Si eso le bastará para la reelección en 2020, está por verse.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.