menu-trigger
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

El Embajador

COMPARTIR

···
menu-trigger

El Embajador

21/11/2019
Actualización 21/11/2019 - 4:44

Los padres de Gordon Sondland emigraron de Europa huyendo del nazismo. Luego de una escala en Uruguay, decidieron buscar una nueva vida en Estados Unidos, estableciéndose en el noroeste del país. De ahí, Sondland construyó un imperio hotelero que le permitió acceder a la política a nivel local. Pero le gustó el baile. Así que en 2016 decidió apostar a la candidatura de Jeb Bush, a la que contribuyó cantidades considerables. Ante la derrota de Bush, Sondland se repuso de la sorpresiva victoria republicana aportando un millón de dólares a la ceremonia de toma de posesión del flamante Presidente electo Donald Trump.

Ante tal apoyo, Trump decidió nombrarlo embajador de Estados Unidos ante la Unión Europea. En poco tiempo, lo consideraban ya como un “hombre de confianza” del presidente.

Mientras, Trump y su abogado personal Rudy Giuliani, estaban ya cocinando su conspiración para conseguir que el gobierno entrante de Ucrania investigara a Joe Biden, principal rival político de Trump en las próximas elecciones. Cuando lograron reemplazar a la embajadora Marie Yovanovitch, quien les estorbaba en sus planes, Trump decidió nombrar a Sondland, junto con el secretario de energía Rick Perry y el embajador Kurt Volker, como responsables de Ucrania, mientras el secretario de Estado, Mike Pompeo, designó a William Taylor como embajador en funciones.

Así empezó la grilla para obligar a Blodomyr Zelensky, el nuevo presidente ucraniano, a anunciar la investigación. Zelensky necesitaba urgentemente recibir no solo el suministro de armamento estadunidense para aguantar los embates de Rusia en el este del país, sino también una clara señal pública del apoyo de Trump para fortalecer su posición negociadora ante Rusia. Por diversos canales, empezaron las condiciones. Primero, para conseguir una invitación a la Casa Blanca, Zelenky tenía que anunciar una investigación pública de Biden, y de la ficticia intervención ucraniana en las elecciones de 2016 en EU. Después, Trump detuvo el envío de armamento hasta que se cumplieran sus condiciones. Todo, en secreto. El 25 de julio, vino la llamada de Trump con Zelensky, unos días después, la denuncia del informante anónimo, luego, se conoció el contenido de la llamada, y finalmente se abrió la investigación en el Congreso.

Con muchas dificultades, Trump medio sobrevivió los tres primeros días de audiencias. Pero ayer, con la comparecencia de Gordon Sondland, se vino abajo todo el castillo de naipes. Sondland había sido el primero en declarar a puerta cerrada. Pero otros testimonios posteriores empezaron a contradecir lo dicho por Sondland, y al llegar a la audiencia de ayer, Sondland sabía que tenía dos opciones: decir la verdad, o enfrentar cargos por perjurio y posiblemente conspiración. Escogió decir la verdad, y esa verdad exhibe las mentiras, las sucias maniobras y la nula ética del comportamiento de Donald Trump, para no hablar de su desprecio por la ley.

Es difícil predecir las consecuencias del testimonio de Sondland. Por lo pronto, ya quedaron manchados e involucrados Mike Pompeo, el secretario de Estado, Mick Mulvaney, el jefe de gabinete, Mike Pence, el vicepresidente, John Bolton, el ex-asesor de seguridad nacional y, por supuesto, Rudy Giuliani, ahora principal candidato a ser el chivo expiatorio.

A pesar de todo, no es posible predecir si a raíz de las audiencias cambiará la posición, hasta ahora inamovible, de los senadores republicanos. Para lograr una destitución, que se vota en el Senado, se requieren dos terceras partes, lo que implica que 20 senadores republicanos voten contra Trump. Mucho depende del impacto que tengan las audiencias en la opinión pública. Hasta ahora, el país está prácticamente dividido en su percepción. La mitad piensa que Trump debe ser removido, y la otra mitad, no. En los próximos días, habrá nuevas encuestas.

Esto continuará.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.