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17/01/2019
Actualización 17/01/2019 - 14:04

El presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, fue sujeto de una investigación de contraespionaje del FBI por sus aparentes lazos y cooperación con el gobierno de Rusia. La nota, publicada el viernes por el The New York Times, cimbró al país. Que un presidente de EU sea investigado, básicamente, por ser un agente del máximo adversario político del país, no sólo no tiene precedente; era prácticamente impensable.

El FBI enfrentaba un serio dilema, que floreció en el momento en el que Trump, en los primeros días de su administración, despidió a su director James Comey. La decisión de abrir la investigación fue del subprocurador Rod Rosenstein, y tomó en cuenta los siguientes factores:

1) Los pronunciamientos públicos de los hijos de Trump, quienes desde 2010, afirmaron que la mayor parte del dinero para sus inversiones en bienes raíces, venía de Rusia.

2) El hecho de que Deutchebank haya sido la única institución financiera dispuesta a extenderle crédito a Trump, siendo que ese banco recibió multas multimillonarias por haber lavado dinero ruso. Esto hace pensar que Trump tiene vulnerabilidad financiera con Rusia, que de saberse, podría derrumbar su imperio. “Compromat”. Está comprometido.

3) Los más de 100 contactos entre funcionarios de la campaña y cercanos a Trump, con individuos y entidades rusas.

4) La solicitud del yerno de Trump, Jared Kushner, a abrir un canal de comunicación privado con Rusia. Kushner se lo pidió al entonces embajador ruso Sergei Kysliak, y pretendían instalarlo en la embajada rusa en Washington.

5) La designación de Paul Manafort como jefe de campaña de Trump. Durante años, Manafort trabajó en Ucrania como estratega de Viktor Yanukovych, el presidente títere de Vladimir Putin, quien fue finalmente derrocado. Manafort, además, tenía un contrato de 10 millones de dólares al año con Oleg Deripaska, un oligarca ruso cercano a Putin, para fortalecer la imagen del Kremlin a nivel internacional. Manafort suavizó la posición pro-Ucraniana de la plataforma republicana en la elección presidencial de 2016.

6) Las llamadas telefónicas de Michael Flynn, el designado asesor de Seguridad Nacional de Trump, con el embajador ruso Kysliak. En ellas, Flynn promete eliminar las sanciones impuestas a Rusia por EU tras la anexión rusa de Crimea. Al ser interrogado por el FBI sobre las llamadas, Flynn mintió, negando que se hubiera hablado de sanciones, aun cuando debería saber que las llamadas eran grabadas por el FBI. Nadie se explica todavía por qué Flynn mintió.

7) El despido de Comey. Según el testimonio de Comey, Trump le pidió lealtad personal, y Comey contestó que su lealtad era a la Constitución. Luego, le pidió cerrar la investigación sobre Flynn, y Comey tampoco accedió. Después de despedirlo, Trump recibió en la Oficina Oval a Sergei Lavrov, canciller de Rusia, y al embajador Kysliak. Según la prensa rusa, porque no hubo acceso para los medios de EU, Trump se jactó del despido, y dijo que se había quitado de encima la presión por la injerencia rusa en la elección. Además, le reveló a los rusos información clasificada sobre un espía en Medio Oriente.

Por todas estas razones, Rosenstein decidió abrir la investigación, junto con el entonces director del FBI en funciones Andrew McCabe. A los pocos días, Rosenstein nombró a Robert Mueller como fiscal especial para investigar la influencia rusa en la elección de 2016, y el equipo de Mueller absorbió la investigación del FBI.

Ya con Mueller al frente, se produjeron más indicios. La famosa junta en la Torre Trump, en la que estuvieron presentes Manafort, Trump hijo y Jared Kushner con la abogada rusa Natalia Veselniskaya, donde se prometió información comprometedora de Hillary Clinton; las conversaciones privadas y secretas de Trump con Putin; y las intenciones de Trump de sacar a Estados Unidos de la OTAN, que sería la joya de la corona para Putin.

De confirmarse las muy fundadas sospechas, habrá que reconocer que Vladimir Putin logró la operación encubierta más exitosa de la historia. Tener en su bolsillo al presidente de Estados Unidos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.