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12/09/2019

Alexander Boris de Pfeffel Johnson se convirtió, desde julio pasado, en Primer Ministro de la Gran Bretaña a los 55 años de edad. Pero la controversia lo ha perseguido siempre. Al terminar sus estudios, ingresó como reportero a The Times de Londres, pero fue despedido por inventar citas. The Guardian, otro periódico británico, lo nombró jefe de buró en Bruselas, y ahí empezó a formarse su postura política respecto a la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea.

En 2001, Johnson inicia su carrera política y, como candidato del partido conservador, gana su primera elección al Parlamento. En 2008, Johnson se convierte en alcalde de Londres, y desde ese puesto supervisa, con éxito, el desarrollo de los Juegos Olímpicos de 2012. En 2016, renuncia a la alcaldía, y se convierte en una de las figuras importantes de la campaña para abandonar la Unión Europea, lo que hoy conocemos como “Brexit”, una abreviatura de los términos “Britain” y “exit”, que quiere decir “salida”.

Al triunfar el Brexit en 2016, el entonces primer ministro David Cameron renunció al cargo y al liderazgo de los conservadores, o Tories. Johnson estaba entre los candidatos a suceder a Cameron como líder conservador, y automáticamente, primer ministro, pero prefirió no contender. Por ello, Theresa May, como candidata única, se convirtió en Primera Ministra, y nombró a Johnson Ministro de Exteriores. Dos veces propuso May planes de salida de la Unión al Parlamento, y dos veces fue rechazada. Johnson votó a favor del Brexit suave entonces.

Ante el nuevo fracaso, Theresa May renunció,y esta vez Boris Johnson ganó la elección interna de los Tories, convirtiéndose así en Primer Ministro.

En su primer discurso, Johnson dijo que buscaría un acuerdo con la Unión Europea para una salida suave, que fuera aceptable para el Parlamento, pero que si esto no se lograba, la Gran Bretaña quedaría fuera de la Unión el 31 de octubre próximo, a como diera lugar. Esto no gustó a la oposición, ni a muchos miembros de su propio partido, dado que una salida dura, es decir, sin acuerdo, provocaría un golpe mayúsculo a la economía británica, aunque también a la de Europa, y a la del mundo entero.

Así empezó la fricción entre Johnson y el Parlamento, que terminó con una suspensión de las actividades del Parlamento, repudiada por todos, la expulsión de más de 20 miembros del Partido Conservador, que votaron en contra de Johnson, y una ley, aprobada al vapor, que prohíbe una salida dura de la Unión Europea, y que obliga al Primer Ministro a pedir una extensión a Bruselas de la fecha de salida del 31 de octubre, si no hay un acuerdo firme.

El lunes, al cerrar el Parlamento, (volverán el 14 de octubre, con el discurso inaugural de la Reina Isabel II) Boris Johnson dijo que de ninguna manera pediría una extensión en Bruselas. Afirmó que habría un acuerdo para entonces. La reunión donde habrá de decidirse todo es el 17 de octubre en Bruselas. Hasta ahora, Boris Johnson no ha enviado propuesta alguna a Bruselas, y sus críticos afirman que no tiene la menor intención de hacerlo. Pero si no hay acuerdo, y no pide una extensión, estará violando la ley.

Johnson ha sometido 6 iniciativas al Parlamento, y las ha perdido todas, lo que nunca había ocurrido. Su intento por llamar a elecciones fue derrotado. Nadie cree que esté negociando con Europa de buena fe. El problema mayor sigue siendo la frontera entre la República de Irlanda, un país independiente, que es parte de la UE, e Irlanda del Norte, que es una provincia británica. El Brexit duro, implica volver a controles fronterizos que, desgraciadamente, podrían reavivar la violencia que azotó a Irlanda del Norte durante 30 años, y que se detuvo en 1999, con los acuerdos del Viernes Santo.

Por ahora, todo está en aire.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.