Jorge Berry

Glasgow

A populistas como Trump, Bolsonaro y López Obrador el futuro del planeta, y por ello, de nuestra especie, les vale una tonelada de calabaza.

En 1992, el mundo se regocijó con los acuerdos de Kyoto sobre cambio climático. En esa reunión, conocida como la Convención sobre Cambio Climático de Naciones Unidas, hubo un consenso entre los países asistentes. Se determinó que, basado en datos científicos, se podía afirmar que la temperatura del planeta estaba subiendo, y que el hombre, y sus emisiones de CO2, eran los causantes.

Tardaron cinco años en elaborar el documento final con la aprobación de los 192 países signatarios, y dos años más en recabar las firmas. El protocolo entró en vigor en febrero de 2005.

Doce años de reuniones, estudios, discursos, posturas, controversias y alegatos, a un costo de 716 mil millones de dólares. No era un acuerdo malo. Simplemente, nunca se aplicó. China, India, Rusia, el propio Estados Unidos, que cargó con dos terceras partes del costo, violaban los términos de las emisiones un día sí y otro también.

Para 2015, 10 años después, la situación del planeta ya era emergencia. No se había detenido el calentamiento, las emisiones no se redujeron lo suficiente, y la comunidad científica advirtió que si no se aplicaban medidas radicales, el cambio climático ocasionaría el final de la civilización como la conocemos.

Otra vez, no pasó gran cosa. Uno que otro país anunciaba con orgullo que se acercaban a generar energía limpia, aprovechando nuevas tecnologías. Pero esto no le cuadró a las grandes petroleras, que vieron la posibilidad de volverse obsoletas, y aplicaron cientos de miles de millones de dólares en cabildeos a nivel mundial, en campañas de desinformación, y en apoyos a políticos populistas, como Trump, Bolsonaro y López Obrador, a quienes el futuro del planeta, y por ello, de nuestra especie, les vale una tonelada de calabaza.

Ahora, están reunidos en Glasgow, y es difícil ser optimista. El martes, entre jalones y estirones, finalmente México y Brasil, entre otros, firmaron acuerdos para detener la deforestación en sus países. Al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, le importa tanto la reunión, que ni se presentó en Glasgow, como tampoco fue a Roma el fin de semana a la reunión del G20. Si el canciller Ebrard ‘convenció' a López de firmar el acuerdo, no lo convencerá de respetarlo. Tendría que desaparecer su fracasado programa Sembrando Vida, que ha resultado un estímulo para acelerar la deforestación, no para detenerla. Los clientes prefieren, por supuesto, talar un árbol, y cobrar para sembrar otro. Pero todos conocemos la necedad y tozudez del Presidente, y no le importará violar el acuerdo. No es el único. Bolsonaro, en Brasil, tiene firmados compromisos que afectarán gravemente a los bosques tropicales del Amazonas, y tampoco le apura el tema.

Uno oye a António Guterres, el secretario general de la ONU, o a Boris Johnson, el primer ministro británico y anfitrión del evento, hacer promesas, decirnos que vamos por el camino correcto, que para 2050 la temperatura no rebasará en dos grados la que reinaba en el mundo antes de la Revolución Industrial. Y luego ve uno a los magnates petroleros, las transnacionales de industrias contaminantes, y las enormes sumas de dinero que esta gente no está dispuesta a perder, y es desesperante.

Como dijo Yuval Noah Harari, el historiador israelí en su libro Sapiens, nuestra especie no ha hecho mucho bien a nuestro mundo. Desde siempre, ha tratado mal a las otras especies animales, y hasta a la propia; está acabando con el planeta en busca de satisfactores, en lugar de usar el inmenso poder de su cerebro para mejorar las condiciones de vida de todos los habitantes del planeta, incluyendo a la mayoría de los humanos individuales, que llevan una vida de sufrimiento permanente; prefieren (preferimos) llevar una vida hedonística y altamente egoísta.

Ya no sé si aún hay tiempo, pero sin voluntad, da igual.

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