Jorge Berry

Autoritarismo

La educación promueve un pensamiento crítico que ayuda a no aceptar las órdenes de un dictador en turno, comenta Jorge Berry.

Es común escuchar frases como “lo juzgará la historia”, o “la historia se encargará de valorarlo”. No siempre es cierto. Se requieren cientos de años, como mínimo, para obtener una perspectiva correcta de los acontecimientos.

Doroteo Arango, o Pancho Villa, como era su nombre de guerra, es un buen ejemplo. Los libros de la historia oficial, es decir, la que se imparte en las escuelas primarias, lo describe como un hombre pintoresco, valiente, alaba su retadora “invasión” a Estados Unidos, y lo tiene instalado en el pedestal de los héroes revolucionarios. Lo cierto, según han comprobado ya historiadores serios e independientes, es que era un tipo sanguinario, sin escrúpulos, que aprovechó la situación caótica que vivía el país para hacerse de poder. Sus ejecuciones de opositores eran legendarias, sin misericordia alguna. Pintoresco, sí era. Inspiró inolvidables corridos, entre ellos, dice la leyenda, el de “La Adelita”, fue objeto de pinturas, y los periodistas extranjeros lo buscaban para entrevistas. Pero era un asesino.

Benito Juárez hizo muchas cosas buenas. La Reforma impidió que México se volviera, de nuevo, súbdito de poderes europeos. Las leyes que promulgó beneficiaron enormemente al país. Pero su concepción del estado de derecho se parece mucho a la del presidente López Obrador. “A los amigos, justicia y gracia”, decía. “A los enemigos, la ley a secas”. Una peculiar forma de aplicar la ley. Juárez, además, fue un enamorado del poder. Si un fulminante infarto no se lo hubiera llevado, Poifirio Díaz jamás habría llegado a la presidencia. Juárez se habría reelegido una y otra vez. En eso sí se parecen Juárez y AMLO.

No es la primera vez que la humanidad parece enamorada del autoritarismo. Es una postura cómoda, puesto que libera a los individuos de la responsabilidad de tomar decisiones, aceptando ciega y fanáticamente las órdenes del dictador en turno. Pasó lo mismo hace 100 años, y acabamos en una guerra mundial.

Las nuevas generaciones, (nacidos de 1980 para adelante) no recuerdan la guerra fría, el muro de Berlín, la revolución cultural en la China de Mao, el Khmer Rouge y Pol Pot en Camboya, las purgas de Stalin en Rusia. Todavía creen en las promesas huecas de líderes de cartón que se aprovechan de la ignorancia y pasividad de sus gobernados para acumular poder y riqueza para ellos y sus amigos.

La ignorancia. Ese es el verdadero fondo del problema. La ignorancia, como en el oscurantismo, hace a la gente vulnerable a la superstición y a la idolatría. ¿Cómo, si no es por la ignorancia, explicar el culto a Donald Trump en Estados Unidos? Las encuestas no mienten. Entre más bajo es el nivel de escolaridad, más alto es el porcentaje de seguidores de Trump. Entre menos educación, menos capacidad crítica y de análisis, y más vulnerabilidad al fanatismo. Sé que Ud., querido lector, lo está pensando: lo mismo pasa en México.

Fuera de México, la persecución contra los científicos, las agresiones a la UNAM, el desprecio a la preparación profesional, no son noticia. Pero en todos los países en los que el autoritarismo ha sentado sus reales, estoy seguro que hay campañas similares. A quemar libros. La educación y el conocimiento son enemigos del absolutismo.

Nunca perdamos de vista que la preparación y la capacidad crítica, son las mejores armas que tiene el mundo para sobrevivir esta barbarie que nos amenaza. Hay que educar.

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