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19/12/2019
Actualización 19/12/2019 - 14:17

La segunda década del siglo XXI, cuyo final está próximo, deja como herencia un mundo de posibilidades, pero también de peligros. Si bien de 2010 a 2019 no hubo catástrofes comparables con el derrumbe de la Torres Gemelas, o las guerras en medio oriente o la crisis financiera de 2008, sí en cambio se produjeron fenómenos de largo alcance que presagian cambios globales irreversibles.

Cobró fuerza, por fin, el tema indudablemente más importante en la agenda mundial, que es el cambio climático. Lo es, porque representa un peligro existencial para la especie humana, y no distingue, como la naturaleza misma, corrientes políticas ni ideas. Pero desencadenada la furia natural, no hay salvación posible.

Parece que por fin grandes sectores de la población mundial, aunque no todos, empiezan a entender la fragilidad de las condiciones ambientales necesarias para la supervivencia. No es casualidad que, con toda la capacidad tecnológica acumulada en nuestra breve historia, no se haya descubierto vida en otro cuerpo celeste. No es fácil. La combinación de factores que se dan en nuestro planeta para soportar la vida son estadísticamente, casi imposibles de reproducir. Además, son pasajeros. Estamos acostumbrados a pensar en términos de años, o cuando mucho, siglos. Para el universo, es un abrir y cerrar de ojos. Los cambios climáticos que harán morir a la Tierra como un planeta viable se darán, de una u otra forma, pero es un suicidio colectivo contribuir a la velocidad de esos cambios.

Ojalá todavía haya tiempo de que la intervención humana logre detener el deterioro más dramático. Y ojalá se redoblen o tripliquen esfuerzos en materia de exploración espacial, porque es nuestra única esperanza como especie.

El otro peligro inminente para la década que comienza será la redistribución poblacional en el mundo. Por motivos políticos, unas veces, económicos, otras, y también climáticos, crecientemente, la gente busca emigrar, y no tiene adonde ir. Esto ya es un problema serio que ha repercutido como tema electoral en muchos países, sobre todo, en democracias liberales.

El motivo es simple. Cualquier refugiado prefiere establecerse en Europa occidental o Estados Unidos, porque hay mejores oportunidades de vida. Es un hecho que no pueden argumentar los marxistas modernos, porque nadie pide asilo en Venezuela o Nicaragua, y todos quieren ir a Alemania o EU.

Es un tema de gigantescas proporciones que aún estamos a tiempo de atender, para tratar de evitar el desquiciamiento de las zonas en las que los refugiados finalmente se establezcan. Cualquier descuido puede provocar violencia extrema. Es imperativo hacer estudios serios que determinen cuáles serán las zonas que sigan siendo habitables en el planeta, sobre todo, las de baja densidad actual. Serán el destino de los refugiados, aunque temo que nunca será suficiente. Aun así, hay que tomar medidas para por lo menos contener lo que, creo, será una de las grandes tragedias de la humanidad.

Ninguno de estos temas hará explosión en la próxima década, pero sí parece ser la última en la que todavía podemos hacer algo para prevenir estos dos peligros existenciales.

Y preocupa el entorno político mundial. Los gobiernos nacionalistas-populistas, ya sean de derecha o izquierda, no dan muestras de entender que se requiere de cooperación mundial para encontrar soluciones. Están encerrados en sus bosques de fantasías sin ver que la selva a su alrededor está en llamas.

Esta mentalidad oscurantista coincide, por desgracia, con un momento en la historia que exige acción de todos los humanos. Tristemente, no estoy seguro de que seamos capaces.

Esta columna dejará de aparecer dos semanas, mientras meditamos durante las fiestas de fin de año cómo encarar la tercera década del siglo XXI. Puede ser la última oportunidad para que haya siglo XXII.

Mientras tanto, ¡felices fiestas!

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.