2019 (II)
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2019 (II)

17/12/2018
Actualización 17/12/2018 - 10:46

El jueves me refería a un entorno internacional incierto que enfrentará México en 2019. Pero lo que realmente impactará la vida de los mexicanos (todos) será la implementación del nuevo régimen que encabeza Andrés Manuel López Obrador. Van escasas 3 semanas de la nueva administración, y es comprensible cierta desorientación en los nuevos funcionarios, pero parece que la prisa por demostrar su nuevo poder los ha hecho caer en actitudes riesgosas. Están actuando sin pensar.

Todos tendemos a complicarnos las cosas más de lo que en realidad son. La máxima virtud que demostró el presidente López Obrador en su gestión como jefe de Gobierno de la ciudad de México, fue el pragmatismo. No llegó en plan de desmantelar todo lo existente, sino a atacar y resolver situaciones específicas en beneficio de la ciudadanía. No es, hasta ahora, la actitud exhibida desde su nuevo encargo.

Esta aparente necesidad del presidente, y muchos de sus cercanos, de destruir cualquier vestigio de políticas de sus predecesores inmediatos, lo ha llevado a cometer errores que, de continuar por esa vía, ponen en serio riesgo el bienestar de los ciudadanos, sino es que la viabilidad misma de México como país.

Es entendible, y hasta aplaudible la austeridad gubernamental como política pública, pero no a machetazos. Hay que hacer bien las cuentas. La fuga de talentos que están sufriendo las áreas especializadas del gobierno, no es cuantificable en pesos y centavos, pero indudablemente se sentirá. Lo ahorrado se perderá con la inminente ineficiencia en la administración pública. El Asia Times la describió como una “ineptocracia”, agudizada por la reducción de plazas en todas las dependencias que están dejando a miles de familias sin empleo, y eso que todavía no empieza la descentralización.

No hay que buscarle mucho. Los mexicanos votaron por un cambio, no por una destrucción. En lugar de aprovechar lo bueno, lo ya avanzado, y corregir los errores, que fueron muchos, de las administraciones anteriores, López Obrador ha preferido arrancar arrasándolo todo, lo bueno y lo malo, y en el camino se está llevando de paso a nuestra democracia, cuyas instituciones no son tan fuertes como para aguantar el embate. Es Trump, sin contrapesos.

Preocupa a futuro, la extraña falta de oficio político exhibida por el partido del presidente. Ni Ricardo Monreal ni René Delgado ni Martí Batres son novatos improvisados, pero parecen desbocados, impulsando iniciativas absurdamente radicales, que causan nerviosismo y desconfianza, y que obligan a López Obrador a intervenir en asuntos legislativos. Un ejemplo, de muchos, es Esteban Moctezuma, el secretario de educación. Redactar una reforma educativa que contempla eliminar la autonomía universitaria, y luego corregir con el argumento de que fue un error mecanográfico, sólo el exhibe el desprecio que siente el secretario por la inteligencia de la ciudadanía.

¿Qué nos espera para 2019? El presidente López Obrador cuenta con varios intelectuales a su servicio. Hasta ahora, han encontrado argumentos, unos más rebuscados que otros, para justificar las acciones claramente autoritarias de la administración. En el mejor de los escenarios, y ante la presión de los inversionistas y tenedores de bonos de NAICM, habría que recurrir a ellos para que construyan un razonamiento aceptable que permita al presidente ajustarse a una realidad: Santa Lucía no es viable, y costará más, en dinero, en empleos y en turismo perdido, el abandonar el nuevo aeropuerto. Ni siquiera habría mucho costo político, y se corregiría un error que marcaría toda su administración. No se recuperaría toda la confianza, pero sí la suficiente. Hasta en términos de imagen, la decisión ayudaría a López Obrador.

Para lograrlo, hay que vencer su tradicional necedad, que él mismo reconoce. No será fácil. Soy de la misma generación del presidente, y reconozco que, con los años, uno se hace más necio. Pero si, como dijo en su discurso del zócalo, pretende pasar a la historia como el mejor presidente de México, tendría que empezar por ahí.

Esta columna se va de vacaciones. El jueves 3 de enero estará de vuelta. ¡Felices fiestas a todos!

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.