¿Están entre los mexicanos olvidados?
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¿Están entre los mexicanos olvidados?

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¿Están entre los mexicanos olvidados?

01/04/2019
Actualización 01/04/2019 - 11:21

Poco aporta el choque frontal. Quien no esté de acuerdo por el boceto económico que le dibujan a México en estos días, más vale que busque el carril para sacarle la vuelta. Por ejemplo, construyendo una narrativa paralela para quienes parecen olvidados hoy tanto por el gobierno como por las grandes empresas del país.

Muchos mexicanos se perciben heridos por la estrategia económica operada en los más recientes 30 años. Tienen razón de quejarse. Millones fueron marginados de cualquier prosperidad y su coraje ya lo hicieron evidente en las urnas.

Pero hay otro grupo de mexicanos que experimentaron de manera directa esa misma operación que por sus características privilegió, como sabemos, en buena medida al norte del país.

Así en el noroeste emergieron la inmobiliaria Vinte, de Sergio Leal; la productora de alimentos Bafar, de Eugenio Baeza Farés o la polémica sinaloense Coppel, de Agustín Coppel Luken.

Del otro lado, en el noreste crecieron Softtek, de Blanca Treviño; Vitro, de Adrián Sada; los OXXO de FEMSA, de José Antonio Fernández y en el centro del país, los corporativos de telecomunicaciones y financieros…

Todas esas y muchas empresas más, crecieron basadas en la imperfecta economía generada por el dinero de las exportaciones de empresas internacionales que vinieron a bajar costos en la producción de pantallas o de coches; o bien, por la distribución del dinero gubernamental que gozó una combinación de producción y precios del petróleo sin precedente, amén de una tributación histórica de las empresas crecientes.

Sus inversionistas y empleados, sus hijos, también son cientos de miles, millones. Trabajan en oficinas, en comercios…

¿Qué futuro buscan? Para ellos no hay una narrativa y fueron atrapados entre el olvido de quienes operan los programas sociales seleccionados por el presidente Andrés Manuel López Obrador y el pasmo de los dueños de compañías que aún esperan el día en que la administración actual conceda algo de certidumbre económica.

No les tocan las dádivas bimestrales del gobierno y tampoco, posiblemente, aumentos salariales ante los retos que presenta la economía tradicional nacional y la global.

¿Qué narrativa hay para ellos? Puede ser la de mexicanos que apuestan a invertir o trabajar en empresas que no se basen en la explotación del ambiente o de concesiones que benefician a mineras o a telefónicas.

Pueden construir la meta de crear ocupaciones y empresas creativas que generen entretenimiento del que necesita Netflix, Amazon, Apple… como las que persigue la Universidad Centro, de Gina Diez Barroso.

También, la de empujar tecnología que descubra métodos para aprovechar energías renovables y reducir urgentemente los residuos de la industria, o la de encontrar la cura para enfermedades que nos creó el actual sistema económico.

Todo pasa por la verdadera educación de valor que en el mundo exige una revolución y por proyectos puntuales como el centro de matemáticas CIMAT, en Guanajuato; el Parque Científico Tecnológico de Yucatán y la Zona Económica Especial que aún quiere apoyar el gobernador de ese estado, Mauricio Vila… incluso esa iniciativa de una Ciudad del Conocimiento en Guadalajara que derivó en la creación de empresas creativas que atienden a Silicon Valley y a Hollywood.

No parece útil chocar con la narrativa de un gobierno basado en filosofías anacrónicas, pero bien ancladas en la idiosincrasia nacional por el sistema político de todos los partidos. Anden, construyan una.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.