Malestar social en Latinoamérica
menu-trigger
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

Malestar social en Latinoamérica

COMPARTIR

···
menu-trigger

Malestar social en Latinoamérica

03/12/2019
Actualización 03/12/2019 - 14:28

Parece contagioso. El malestar social se ha venido expresando en Latinoamérica a través de manifestaciones y huelgas nacionales. Este fenómeno ya se ha manifestado en Chile, Bolivia, Ecuador y Colombia. Su afectación económica será evidente desde el corto plazo, así como sus implicaciones en materia de política. Sin embargo, si las demandas de fondo quisieran ser atendidas, su solución podría tomar varios años y una larga lista de transformaciones estructurales que en estos momentos sería muy complicado impulsar en ausencia de suficiente capital político y las mayorías legislativas necesarias. A continuación presento cuatro reflexiones sobre lo que hasta ahora se ha visto en la región y planteo una interrogante relevante que atañe a nuestro país.

Primero, las manifestaciones sociales se han presentado en varios países con aparente independencia del sistema político o sesgo ideológico del gobierno en turno. Tanto el populismo de izquierda como el liberalismo de centro-derecha ha sufrido embates de una sociedad que parece sentirse frustrada y desencantada, ya sea ante un proceso electoral o una línea o conjunto de políticas.

Segundo, el marco macroeconómico y el estado de la economía parece no ser un determinante claro. Los movimientos sociales se han presentado tanto en plazas con importantes retos macroeconómicos como Ecuador, como en aquellas economías progresistas y en pleno crecimiento como Colombia. Así, la coyuntura económica no parece ser un detonante claro del malestar social.

Tercero, las demandas y grupos que encabezan las manifestaciones y huelgas llegan a presentar una amplia diversidad. Actualmente en Latinoamérica conviven demandas que van de los derechos de las mujeres hasta la resistencia a medidas fiscales que pudieran terminar por atraer mayor inversión y generar mayor crecimiento en el mediano y largo plazos.

Cuarto, la respuesta de política no ha sido efectiva, las demandas sociales parecen tan diversas y la evolución de las manifestaciones ha sido tan acelerada y fluida, que ha tomado por sorpresa a las administraciones en turno. Los eventos han sido veloces y se les han escapado a varios gobiernos que han terminado por responder ya sea de manera torpe y obtusa o de manera más organizada pero mostrando dificultad en aterrizar las demandas y conseguir un diálogo fluido con los manifestantes. Posiblemente las soluciones a las demandas no sean alcanzables en el corto plazo.

En todo lo anterior subyace un fuerte tronco común. Si bien algunas líneas de política o eventos electorales han fungido como catalizador de las manifestaciones sociales en la vía pública, la verdadera motivación luce más estructural. Al final, lo que parece explicar el malestar, el descontento y el desengaño es la realidad social, económica y política que ha permanecido por años o décadas. Retos tales como la magnitud de la pobreza, la polarización del ingreso, el desencanto por las instituciones, la decepción ante la democracia y el sistema económico parecen fundar muchas de las demandas.

Lo anterior nos lleva a pensar que los movimientos pudieran ser replicados por casi cualquier país en la región. Esto ante la relevancia casi universal de los retos estructurales planteados. Destacan por ejemplo México y Brasil como dos importantes economías donde el descontento social no ha salido a las calles. ¿Será que por lo pronto tales plazas se encuentran “vacunadas” debido a que no hace mucho los mismos malestares estructurales confluyeron en un proceso electoral que terminó por favorecer un cambio de corrientes? Este podría ser el caso. Lo cierto es que en el resto de la región los eventos continúan siendo muy fluidos y las acciones de los gobiernos todavía son poco efectivas para enfrentarlos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.