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¿El espejo francés?

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¿El espejo francés?

15/01/2019

Hace poco más de un año los franceses eligieron a Emmanuel Macron en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Los demócratas liberales del mundo saludaron la victoria de Macron por traer un aire fresco a la política europea y mundial. Era una figura sin partido político, con un movimiento nacional nuevo, En Marche, que rompió con el binomio socialista y conservador de los últimos veinte años en Francia. Lo más destacado de la candidatura de Macron era su diagnóstico de la situación francesa y mundial sobre los excesos de la era neoliberal y los peligros de la marea populista. Un año después, los franceses salen a las calles vestidos de chalecos amarillos manifestándose en contra de su forma de gobernar. Los gilets jaunes son un movimiento sin líderes, sin una agenda programática concreta, de ideología indefinida, cuya organización se debe a las redes sociales y a su descontento con el gobierno de Macron. En estos días, la popularidad del presidente francés no rebasa el 30 por ciento de aprobación, su estilo de gobernar ha sido catalogado como arrogante y soberbio, “jupiteriano”, según la prensa gala. Macron ahora es una figura cada vez más alejada de su movimiento político, de sus ministros y de la gente. Pese a todo, la situación podría cambiar. En su discurso del 10 de diciembre pasado, el presidente francés reconoció que aún con un diagnóstico acertado de los problemas de Francia, sus soluciones crearon divisiones, enojo y deserciones entre sus seguidores.

Francia no es una excepción, en los últimos años hemos visto que las crisis de las democracias van más allá del desencanto, dando lugar a la indignación. La voluntad popular exige a los gobiernos actuar contundentemente para solucionar problemas públicos urgentes y no tomarla en cuenta puede ser altamente costoso en términos políticos. Las alternativas extremistas han encontrado la solución en la polarización política de la sociedad, gobiernan para sus simpatizantes y estigmatizan a “los otros”. Otra vía para atender la indignación y escuchar la voluntad popular es la contrademocracia de la que habla Pierre Rosanvallon, en un libro del mismo título. Esta consiste en espacios de resistencia ciudadana institucionalizada desde los que se controla activamente el ejercicio del poder mediante la denuncia, la vigilancia y la evaluación de los gobernantes.

El impulso de cambio y la expectativa que generó el triunfo de Macron nos puede resultar familiar a los mexicanos. El contexto político actual en México es uno de renovación. No obstante, la lección francesa nos puede enseñar que no basta con propuestas de política pública bien intencionadas o incluso provocadoras. Hoy la población también exige que las políticas públicas se fundamenten en evidencia y estén orientadas a resultados, pero, sobre todo, que sean planeadas e implementadas de la mano de la población. En Francia se prometió cambió, inclusión y conciliación y hoy se percibe lo contrario. En México tenemos la oportunidad de aprender de esta lección.

La semana pasada el nuevo gobierno federal demostró su voluntad de escuchar y la posibilidad de rectificar. Durante las audiencias públicas sobre la Guardia Civil en la Cámara de Diputados, académicos e integrantes de la sociedad civil organizada expusieron sus argumentos en contra del mando militar. Durante la audiencia del viernes, el secretario de Seguridad Pública y Protección Ciudadana ofreció modificar el diseño original de la Guardia para que tenga un mando civil. La Cámara de Diputados se mostró como un espacio plural para dar voz al disenso. Por esta razón, es necesario, bajo una lógica de parlamento abierto, agotar los argumentos y encontrar los puntos en común de las posturas confrontadas para generar los nuevos marcos legales de actuación de la Guardia Nacional. Este no debe ser un ejercicio aislado, se requiere una política de Estado que sistematice una actitud cotidiana de escuchar, de poner a disposición información pública y de generar espacios para la deliberación. En pocas palabras, una actitud cotidiana de apertura e inclusión.

Para aumentar la probabilidad de éxito de las políticas públicas la población debe, si así lo decide, ser parte activa de la hechura e implementación de éstas. No tengo duda de que todos compartimos el deseo de ver un México sin corrupción e impunidad, con menos desigualdad y con comunidades seguras, y también tengo la certeza de que podemos encontrar los medios para lograrlo. Para esto hace falta institucionalizar espacios para la ciudadanía en los que se fomenten día con día la creatividad, la colaboración y la innovación, como son los de gobierno abierto.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.