'Yo tuve un sueño'
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'Yo tuve un sueño'

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'Yo tuve un sueño'

23/11/2018

“No hables con extraños”, nos dijeron desde niños una y otra vez, y esta salmodia la repetimos ahora de adultos a nuestros propios niños y queremos que se la graben, la aprendan y la comprendan. Pero, ¿y si el desamparo y la soledad son tan grandes que no queda más remedio que hablar con extraños, confiar en ellos, cerrar los ojos y tomarlos de la mano? ¿Cómo no hablarles cuando no queda de otra que aceptar la comida que te da un extraño, en un país extraño, en un mundo extraño y con un futuro aún más extraño e incierto?

La realidad migrante es extremadamente dura. Imagínense dejar el lugar que quisiste, pero que ya no quieres; atravesar durante meses por lugares en los que molestas (y en los que, en el fondo, no te quieren), buscando llegar a un lugar donde simple y llanamente te odian. Sueñan con llegar a un país cuyas políticas del pasado son las culpables de su miseria actual. Me trato de poner en el lugar, trato de asimilar lo que eso significa emocionalmente y me cuesta, el simple ejercicio duele. Ahora, imagínense esto vivido por niños.

Ayer, leyendo sobre la mujer hondureña que luego de dos años consiguió, justo en el Día de Acción de Gracias, el asilo para ella y sus cinco hijos en EU, me conmoví sobre todo en la parte que hablaba de ellos. De cómo llegaron y se entregaron a la policía fronteriza y luego fueron llevados a las hieleras, esos infames calabozos atestados de gente que son la bienvenida a su nueva vida. Sin embargo, ella decía que sus hijos no se querían ir de ahí, que a pesar de estar en jaulas inhumanas ellos se sentían seguros como nunca antes, los barrotes también los separaban, por fin, del mundo hostil que conocen.

De eso, de esa visión inocente, trata el libro de Juan Pablo Villalobos llamado Yo tuve un sueño. No deja de ser curioso que uno de los autores que más me ha hecho reír hoy salga con este compilado de historias realmente conmovedoras, que aplacan cualquier alegría y el más mínimo atisbo de paz. Historias contadas en primera persona por niños centroamericanos que llegaron solos a EU, en las que se narran los infiernos que dejaron atrás y los infiernos que atravesaron para llegar a su nueva vida.

Es la visión de niños que tienen una vida por delante, pero han crecido junto a la muerte y cualquier sufrimiento es menor que el de seguir donde estaban, porque esos lugares ya no les pertenecían, pertenecían a la droga, a la delincuencia, a la desesperanza, a la frustración y, sobre todo, al miedo. Villalobos no transcribe literalmente, pero respeta esa visión y el lenguaje por el que se filtra y traspasa el trauma, un golpe que incluso desde la adultez cuesta recibir.

Sin ahondar en detalles, porque lo que vivieron y vivirán esos niños que hoy pasan por delante nuestro es inenarrable y menos desde mi nula delicadeza, Yo tuve un sueño es un libro que debemos leer hoy mismo, y no sólo eso, también debemos invitar a leerlo a todo aquel que se queja de “esa gente” y a los que se sienten pagados porque alguien que dijo que nuestros “frijoles parecían comida de cerdo” –quien tuvo que pedir perdón público–, sin pararse a pensar en todo el dolor que viene con ellos y que, aunque lleguen a buen puerto, no los abandonará, porque lo llevan más pegado que sus acentos y más presente que cualquiera de sus rasgos.

Villalobos dijo que le gustaría que este libro lo leyera Trump, ciertamente a mí también. Que recorriera cada una de las historias hasta llegar a los indignantes datos que cierran la publicación. Seguramente no haría nada, pero a lo mejor por un segundo se siente como yo.

*El sábado 24 de noviembre en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara a las 19:30 hrs., Gabriela Warkentin y un servidor acompañaremos a Juan Pablo Villalobos a presentar este libro. Los esperamos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.