Una sala vacía
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Una sala vacía

13/08/2020
Actualización 13/08/2020 - 11:22
columnista
Javier Risco
La Nota Dura

Creo que fue el director de cine japonés Akira Kurosawa el que dijo que para él la escena más hermosa en la historia del cine la había filmado François Truffaut en Los 400 golpes. La secuencia a la que se refería Kurosawa es la reacción de un grupo de niños en un pequeño cine improvisado. Truffaut se encargó de poner la cámara debajo de la pantalla y nos regala unos minutos llenos de risas, asombro, distracción que no contienen una sola actuación, lo hizo sin avisarle a los pequeños asistentes. Reacciones honestas, hermosas ciertamente de los ojos en la oscuridad y con la luz de una pantalla, lo mejor del cine grabado en una sala. El cine, uno de los escapes más recurridos para salir de la rutina, ha tenido que esperar más de 20 semanas para abrir de nuevo.

El silencio –cerrar la boca–, los techos altos, aire acondicionado que se cambia cada 15 minutos y espacios diferenciados como si fuera un tablero de ajedrez son las medidas a las que le han apostado las grandes compañías de cine para su reapertura. Ayer, en una ciudad pintada de naranja con tintes rojos, empezaron a abrir las salas, y la desconfianza fue la que arrasó en taquilla. Al corte de esta edición los cines reportaban una escasa afluencia: apenas 10 personas en cuatro salas era el saldo en Reforma 222 a media tarde. Empleados del lugar le apuestan al fin de semana para recuperar la llegada de los cinéfilos. La caída en la industria ha sido brutal. De acuerdo con información de Miguel Mier, director global de Operaciones de Cinépolis, entre marzo y agosto de 2019 se vendieron cerca de 180 millones de boletos; en el mismo periodo de 2020 se marcó apenas la venta de 450 mil. No hay negocio que aguante esta caída.

Distintos sondeos en redes sociales y círculos cercanos de amigos y familiares muestran un entusiasmo por los suelos para ir a una sala. Ayer, durante el programa de radio matutino Así las Cosas, le preguntamos al auditorio si lo veía como opción en la adaptación de la nueva normalidad y puedo decir que nueve de cada diez no lo ven como una actividad segura.

Ayer me di una vuelta por uno de los cines, no entré a ninguna película, pero sentía curiosidad por ver cómo se habían adaptado a estos tiempos: es impresionante la pulcritud y el esfuerzo de sus trabajadores, todas las medidas al pie de la letra, indicaciones y alcohol por todos lados, caretas, mascarillas, personal de limpieza que pasa de un lado a otro, todo listo para nadie.

Habrá que esperar. Los escenarios, al menos ahora, son bastante complicados. No sólo importa el trabajo de adaptación por parte de los empresarios y la entrega de sus empleados, sino también lo que significa un estornudo o un ataque de tos en medio de una película, en una sala cerrada, algo que definitivamente es incontrolable. El miedo es natural en un país que alcanza los 54 mil muertos y casi los 500 mil casos confirmados, que ve una curva que se desacelera de manera casi imperceptible y que ha entrado en una meseta de la cual no vemos el fin. Es el primer paso del descongelamiento del cine, pero, como en otras industrias, la confianza de la gente sólo regresará cuando se vea realmente una curva descendente de contagios y un gobierno que demuestre que efectivamente ha sido capaz de 'domar' la pandemia. Hoy son sólo palabras que pocos creen y que siguen afectando a una industria que ya ve el 2020 como un tiempo perdido. Como una sala vacía.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.