Un mago desnudo
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Un mago desnudo

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Un mago desnudo

30/11/2018
Actualización 30/11/2018 - 14:01

“Un puente es un hombre cruzando un puente”.

Con esa enorme cita de Cortázar abre Aquí, Borya, el nuevo libro del periodista Alberto Lati. Luego de entrevistarlo, comprometerme a leerlo y comenzar a hacerlo, siento como si estuviera en un gran espectáculo de magia, uno que deseaba ver desde hace tiempo y para el que hice una fila enorme para entrar y ahora, por fin, tengo los mejores asientos que pude conseguir. La ansiedad que genera lo que veré a continuación, la promesa del gran cronista viajero, ahora convertido en novelista, se toma el ambiente.

Aparece en escena el mago, pero sin música de entrada, sin ningún artilugio, sin humo y sin fuego, es más, podría venir hasta desnudo. Un mago desnudo que no tiene dónde esconder nada, no tiene manga, capa ni chistera y, sin embargo, así, frente a nuestros ojos, nos dice lo que vamos a ver, nos explica en qué consiste su truco y nos muestra paso a paso cómo lo hará y lo hace. Pero cuando lo hace no entendemos cómo lo hizo, cómo fue que apareció ese tigre elevado por palomas frente a nosotros. Ovación de pie. Aunque el show duró apenas 150 páginas, nos maravilló.

La necesidad de reinventarse. Una frase hecha que llena las bocas de miles de emprendedores, pero que en el fondo no cuenta el truco, lo oculta. Cuando Lati me la dice creo que por fin la entiendo. Él se refiere a esa necesidad como una pulsión interna que en su momento lo llevó incluso a desconfiar de sus propios escritos, a entender cuál era su mecanismo, a levantar su alfombra y ver lo que había debajo y temerle. Me estoy repitiendo, se dijo a sí mismo, cambian las vivencias, los paisajes, los lugares y los personajes, pero me estoy repitiendo, mi voz es la misma siempre. Ahí, Lati tomó una decisión.

El libro se mueve entre dos absurdos maravillosos que se acercan: por un lado, el escritor que se ve como un fracasado porque no ha vendido ningún mísero ejemplar de ninguna de sus novelas –pero que tiene un almacén inagotable de vivencias por contar– y que emprende un viaje buscando otros libros como los suyos, libros “No-leídos”, los libros “vírgenes de ojos” (una maravilla de término). Y, por el otro, una conversación telefónica angustiante de un hombre desesperado porque lo dejen pagar (sí, pagar) una deuda y cuyo interlocutor ignora quién es porque se encontró el teléfono tirado.

Así la lectura, mientras va construyendo a estos personajes, toca teclas impensadas y temas tangenciales a las tramas, pero que encuentran el eco en nuestra realidad, porque la búsqueda de ellos se traduce en nuestra búsqueda o en todas las búsquedas: la creativa, la de identidad y la de lenguaje.

Vuelvo a la decisión que tomó Lati, desencantado de Lati, una decisión de lanzador de penalti cuando tiene enfrente un portero experimentado y estudioso: tirar como nunca antes lo había hecho, arriesgar. Y qué más arriesgado que entrar en ese terreno donde las cosas no existen y se van construyendo a medida que las vas diciendo, como el puente de Cortázar que existe cuando lo cruzan.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.