'Tiembla'
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'Tiembla'

21/03/2018
Actualización 21/03/2018 - 13:44
columnista
Javier Risco
La Nota Dura

Para la gente de Oaxaca no ha dejado de temblar. En Morelos aún hay gente durmiendo en las calles. En CDMX todavía nos ponemos nerviosos cuando leemos que tembló, aunque el movimiento haya sido imperceptible para nosotros. No importa que haya pasado medio año de ese terrible 19 de septiembre, el miedo aún nos invade, aunque hemos aprendido a respirarlo.

Sin embargo, con el tiempo hemos encontrado nuevas formas de procesarlo. “Decía Chavela Vargas que los dolores se curan con dos cosas: con alcohol y con palabras. Y yo le creo”, dice la escritora Alma Delia Murillo cuando habla sobre el sismo. Y yo también le creo.

Hablar del sismo, de lo que nos pasó, del lugar donde estábamos, de lo que tuvimos que dejar y de las personas a las que acompañamos sigue siendo una necesidad urgente. Las palabras son una forma de curar, de curarnos, de curar a otros y de construir nuestro propio relato de la mirada que tuvimos del 19-S.

Con esa intención, Diego Fonseca, editor y escritor, junto con la Editorial Almadía, Fondo Ventura y Proveedora Escolar Oaxaca reunieron a 35 autores para poner en palabras el sentimiento que aún tenemos atorado en la garganta. Tiembla es una recopilación de 35 miradas, 35 sensaciones, 35 miedos para que no sólo nos ayuden a sanar, sino que además tiene una noble causa: todo lo que se recaude de a venta del libro se irá al proyecto #TejamosOaxaca, para la reconstrucción de un lugar al que no uno, sino tres sismos lo dejaron entre escombros.

“Hay un momento para todo, no se puede estar en el estado permanente de duelo, es necesario empezar a revivir y a superar el trauma. Y creo que la conversación es la mejor manera de romper el silencio. El silencio es también un modo de la muerte definitiva”, explicó Fonseca en entrevista con Ruido en la Red.

Las páginas de Tiembla, que se presentará este jueves en la librería Porrúa de Chapultepec, son una doble oportunidad de catarsis, es la forma de escribir un pedazo de historia desde distintas miradas, pero también es una forma de seguir ayudando.

A través de crónicas, reportajes, relatos en primera persona, se puede recorrer esa grieta que se abrió entre el 19 de septiembre de 1985 y el de 2017. Va desde las fotografías que logra describirnos Lydia Cacho sobre personajes que sobrevivieron al sismo; el recuentro de vecinas que se veían sin mirarse y que el sismo unió en un abrazo entre el duelo por sus muertos, que hace Alma Delia Murillo; la tragedia que sepultó a 19 niños y siete adultos en el Colegio Rébsamen, contada por Ernesto Núñez; o la crónica de cómo salvar la vida de una perrita fue un rescate triunfal en el derrumbe de Escocia; o los 20 minutos que Laura García tuvo para poner en bolsas aquello que necesitaría para reconstruirse y seguir.

“Para el miedo no existen simulacros”, dice Laura García.

Textos de Carlos Bravo Regidor, de Daniel Moreno, de María Teresa Hernández, de Juan Villoro. Una lista variopinta e imperdible. Un desfile de prosas catárticas que todos donaron para que Oaxaca, donde 51 municipios están devastados, pueda sanar… por dentro y en sus calles.

“¿Cómo se calla a una ciudad tejida para hacer ruido?”, se cuestiona Fonseca. Y es que a medio año aún no sabemos cómo regresar a la tranquilidad, sólo que ahora batallamos no sólo con el miedo, sino también con la indignación de los miles de damnificados sin atención, por los políticos que usaron la tragedia para aprovecharse de los que menos tienen, por esos que ahora incluyeron la palabra ‘damnificados’ como una promesa de campaña, por esa corrupción inmobiliaria que quedó al descubierto, de la que todos se quejan, pero de la que todos se han beneficiado.

Y es que ese ‘Gran Temblor de la Chingada’, como lo bautizó Fonseca, nos cimbró a todos. Los que lo sentimos y los que nos dimos cuenta que seguimos siendo ese país capaz de tomar las riendas y de hacerse cargo frente a las autoridades desorganizadas e incompetentes.

Y es que ese silencio que un día significó vida, hoy debe romperse por el ruido de la exigencia de verdad y de justicia.

Y es que como dice Diego Fonseca: “Ruido y silencio son intercambiables. Quienes rescataban pedían silencio para escuchar ruidos. Cualquier sonido significaba vida; el silencio era el mensaje de los muertos a los vivos. Para los que sobrevivieron, en cambio, el silencio final, el de la conversación íntima, llegaría recién cuando ya no quedaron réplicas, vivos por hallar, cuerpos que recoger. Allí el silencio fue el mensaje de los vivos a sus muertos”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.