Sin montañas y sin ríos
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Sin montañas y sin ríos

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Sin montañas y sin ríos

15/11/2018
Actualización 15/11/2018 - 9:57

La montaña

La montaña tiene mil metros de altura. He decidido comérmela poco a poco. Es una montaña como todas las montañas: vegetación, piedras, tierra, animales y hasta seres humanos que suben y bajan por sus laderas.

Todas las mañanas me echo boca abajo sobre ella y empiezo a masticar lo primero que me sale al paso. Así me estoy varias horas. Vuelvo a casa con el cuerpo molido y con las mandíbulas deshechas. Después de un breve descanso me siento en el portal a mirarla en azulada lejanía.

Si yo dijera estas cosas al vecino de seguro que reiría a carcajadas o me tomaría por loco. Pero yo, que sé lo que me traigo entre manos, veo muy bien que ella pierde redondez y altura. Entonces hablarán de trastornos geológicos.

He ahí mi tragedia: ninguno querrá admitir que he sido yo el devorador de la montaña de mil metros de altura.

Mientras leía el trabajo de la periodista Laura Castellanos en mexico.com, sobre los 108 mexicanos asesinados por defender nuestros bosques y ríos, no dejaba de pensar en el cuento con el que inicia esta columna, una ficción titulada “La montaña” del grandísimo escritor cubano Virgilio Piñera. Un personaje que cada mañana se apropia a mordidas de una montaña, incapaz de contarle al vecino, él sabe que le ha dado forma y que, aunque sus mandíbulas no resisten, la ha hecho suya.

Pienso que estos mexicanos asesinados en la última década han hechos suyos ríos, bosques, selvas, al grado de pagar con su vida; tampoco les han dicho a sus vecinos, tampoco han hecho organizaciones estridentes, los defienden por todos.

Castellanos cuenta la historia de dos defensores del río Apulco, Antonio Esteban Cruz, un modesto productor de pimienta, acribillado en 2014 y de su sucesor Manuel Gaspar Rodríguez, asesinado con un arma punzocortante el 14 de mayo de 2018. Habla con sus familias, sus amigos, nos cuenta lo que defendieron y por qué resultaron incómodos, también habla de carpetas de investigación sin final, de dos casos de impunidad, como muchos, olvidados por la justicia mexicana.

De acuerdo con la base de datos de mexico.com, surgida del cruce de documentos de Global Witness, del Centro Mexicano de Derecho Ambiental (Cemda), y de la tesis de la investigadora Lucía Velázquez Hernández titulada Defensores ambientales en México y derechos humanos (1995-2015), de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el pueblo nahua registra el mayor número de asesinatos a nivel nacional (45), seguido por el purépecha (19), rarámuri (8), triqui (4), wixárika (3), y con un caso, los pueblos yaqui, ayuuki, tsotsil y mixteco.

De los 125 crímenes en la última década en este país –108 asesinatos y 17 desapariciones– 82 son víctimas indígenas; dos de cada tres. La numeralia es brutal “49 ocurrieron en el gobierno de Peña Nieto y 76 en el de Felipe Calderón. En 2011, durante el sexenio del panista, se registró el mayor número: 30. Le siguió 2017, bajo el gobierno del priista, con 19. En el último año han ocurrido 14”.

El reportaje llega en un momento fundamental, en la formación del nuevo gobierno, en posicionar este tema en la agenda nacional, la exigencia por parte de Billy Kyte, de Global Witness, es contundente: “López Obrador debe asegurar justicia para los activistas asesinados, fortalecer la implementación del Mecanismo de Protección para personas defensoras, y garantizar que las comunidades puedan dar o no su consentimiento previo, libre e informado sobre el uso de sus tierras”.

Partamos del desamparo, de luchas alejadas de los medios, de esfuerzos periodísticos como el de mexico.com, para dimensionar la tragedia de los que viven fuera de las ciudades y les toca proteger lo poco que nos mantiene vivos. He aquí una causa de indignación, pero también de acción, el gobierno entrante debe ponerlos en la primera línea, a los cientos de defensores ambientalistas y reconocer que sin montañas y sin ríos no hay país que gobernar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.