"¿Quién quiere irse?"
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"¿Quién quiere irse?"

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"¿Quién quiere irse?"

05/02/2019
Actualización 05/02/2019 - 12:36

Desde hace 13 años se empezaron a contar las peores historias de violencia en este país. Recuerdo cuando un calcinado o un decapitado ocupaban la portada de los diarios de circulación nacional, cuando una balacera en Acapulco, un secuestro en Reynosa, o una emboscada en Jalisco detenía a todo el país. Cuando los periodistas de esas regiones entraban a dar reportes a los medios nacionales sin temor a ser asesinados. En poco más de una década hemos sido testigos del horror, no necesito hacer este recuento, tan sólo imagine de lo que el crimen organizado ha sido capaz de hacer y a la vez piense en un Estado rebasado, con una estrategia fallida que nos ha costado que el miedo nos inunde.

Ayer leí una historia que volvió a sacudirme, ocurrió hace menos de año y medio, a unos kilómetros de Guadalajara, en un territorio perdido por la ley, detrás del Bosque La Primavera en las comunidades de Tala, Cuisillos y Ahuisculco. Los periodistas Alejandra Guillén y Diego Petersen, de Quinto Elemento Lab, cuentan la historia titulada: “El regreso del infierno; los desaparecidos que están vivos”, donde nos describen cómo cientos de jóvenes reclutados con engaños son llevados a campamentos de adiestramiento y exterminio. Los convencen con una promesa laboral como elementos de seguridad y les adelantan 4 mil pesos en efectivo, pasan por ellos en un auto directamente a su casa, después los secuestran durante semanas y los “entrenan” para ser soldados del Cártel Jalisco Nueva Generación. ¿Qué sucede con los que se quieren ir del campamento? Así lo cuenta 'Luis', un sobreviviente de estas casas de seguridad, que pudo escapar y colaborar con la Fiscalía del estado: En ese tiempo me pasó lo peor en toda mi vida: como a las dos entró la voz de El Sapo (el jefe de la plaza). “Adelante hijos de su chingada madre, ¿quién quiere irse? Les voy a dar tres mil y a su casa, y a chingar a su madre”. En eso (unos) empiezan a levantar la mano, advirtiéndoles que si estaban seguros.

Yo reconozco a todos, fueron 14 en total, los sentaron en una choza frente a los dormitorios y les dijeron que no se movieran. A los demás nos sentaron en otra choza. Llegó una Cheyenne gris con placas de Estados Unidos y dos sujetos con pistolas tipo escuadra. Uno era El Greñas (muchacho de 20 o 21, cara de niño, mano derecha de El Sapo) que les gritó a los que se querían ir: “A ver cabrones, pónganse a pelear todos contra todos”, y comenzaron a hacerlo, el que cayera iba a morir. Al primero que cayó le decían La Jaina (chaparrito, 1.70, nariz grande, cara grande, güero, pelo por todos lados, indigente de Guadalajara) cayó noqueado de rodillas. Le dieron de balazos. Luego El Guachito, alto, narizón; cuando vio que le iban a tirar gritó “¡nooo!”, levantando las manos en señal de defensa. Le dieron dos balazos. Después Nopal, Toño, Chucho y El 18. Abrieron fuego contra todos, entre ellos un expolicía.

Al último quedó un niño de 17 años con las manos metidas entre las piernas, cabeza agachada, meciéndose. Se acercaron a verlo porque quedó vivo. Le dijo El Pitayo: “Estos putos te dijeron que dijeras que te querías ir”. Sacado de onda, respondió “ajá”, y el muchacho pidió llorando “es que quiero ver a mi hermanita y mi mamá”. Le dieron un balazo. Entre los muertos estaban Ignacio, que llegó conmigo el primer día, y Ernesto. Al Taquero también le dieron un balazo por la espalda, siendo entonces ya 15 muertos. A los que por miedo no manifestamos querer irnos nos hicieron llevar los cuerpos. Duramos hora y media porque había unos muy pesados, teníamos que arrastrarlos para echarlos a los elotes. Echarlos a “los elotes” es incinerarlos.

No hay mexicano que pueda leer este relato y permanecer impávido. Ayer el subsecretario de Derechos Humanos, Alejandro Encinas, hacía un recuento fatal: “Se estima que existen 40 mil personas desaparecidas, más de mil 100 fosas clandestinas, alrededor de 26 mil cuerpos sin identificar en servicios forenses y esto da cuenta de la crisis humanitaria y de violación a los derechos humanos que estamos enfrentando”, de estos desaparecidos cuántos viven en la esclavitud del terror, cuántos duermen en campamentos alejados de su madre, sus hermanos. El fondo de la tragedia tiene tantos cuartos inexplorados, cuando pensamos que el horror llega en forma de San Fernando, Ayotzinapa o la Tala, la creatividad criminal nos recuerda que lo peor está por venir, y que ante la pregunta “¿quién quiere irse?”, estamos obligados a permanecer.

* La historia completa publicada en Quinto Elemento Lab la puede consultar en el siguiente link https://quintoelab.org/project/regresodelinfierno

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.