Primarias con fosas
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Primarias con fosas

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Primarias con fosas

14/01/2020
Actualización 14/01/2020 - 13:36

En 2016, el cronista Aníbal Santiago nos regaló una historia que no se había escrito sobre Ayotzinapa. Dos años después de la desaparición de los normalistas se había documentado de sus cuartos, de sus hermanos y sus padres, de los gobiernos corruptos, de la incompetencia de todo el sistema federal, de Guerreros Unidos y Los Rojos, de los Abarca, de las marchas, de lo que dejaron, de la esperanza y del miedo, pero no se había escrito de su herencia más dolorosa. En una crónica titulada 'El narco junto al pupitre', publicado en el semanario Newsweek, el periodista Santiago visita la Escuela Primaria Rural Col. Jardín Pueblo Viejo, también llamada 'Benito Juárez'; esta escuela de nivel básico es la más cercana a “esos huecos con muertos que no paran de surgir desde que los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecieron”. Habla de las fosas de Iguala, pero ¿cuál es el legado de la tragedia en la primaria más cercana a la Normal Rural Raúl Isidro Burgos? ¿A qué juegan esos niños entre los seis y los 12 años? ¿Cómo es para los niños educarse en un entorno de cadáveres? ¿Qué se dicen? ¿A qué huele? Su testimonio es, desde mi punto de vista, uno de los más dolorosos, porque esos niños siguen, bueno, algunos, supongo, otros no; esos niños crecieron, bueno, algunos, otros no.

“Nuestros niños todo el tiempo experimentan eso. Para quienes viven aquí en Las Parotas, abajo del Cerro Che Guevara o Jardines Campestre, los muertos son rutina. Los niños se cuentan esas historias, me las cuentan a mí: ‘Maestro, ¿vio el muerto de por allá? Uno trata de moderarlos, insistir en los valores, que del portón para adentro olviden su entorno. Pero salen de acá y en sus casas les dicen: ‘ustedes son hombrecitos, machitos, deben mandar’. Mire a ese alumno de primero –señala el director durante el recreo.

“Lo ubico. Rodeado de unos veinte niños, el pequeño de seis años insulta, maldice, patalea y, por último, se acerca a otro menor. Lo mira en silencio, destierra los ojos de sus órbitas. Ahora escupe: la saliva cae a los pies de su compañerito”.

La crónica es una fotografía devastadora de autoridades educativas olvidadas, maestros que huyen después de la amenaza de un padre por corregir a su hijo, de plantillas docentes de cinco personas para una primaria, de niños que quieren ser narcos de grandes, de huérfanos, de madres desaparecidas, de un ídolo llamado Joaquín, de ciclos escolares en los que se dan de baja 50 alumnos por año. De una violencia que ha sido una onda expansiva que ha llegado a todo el país.

Después de lo sucedido en Torreón, Coahuila, el viernes pasado, es fundamental el Proyecto 26, no sólo por el presente, sino por la violencia que venimos arrastrando, el lenguaje bélico que se ha convertido ya en otra lengua de este país. El proyecto en manos de la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, y propuesto por la Red por los Derechos de la Infancia en México, es la creación de un proyecto prioritario para el gobierno de López Obrador, enfocado en un plan nacional de prevención y atención a la violencia armada en contra de niñas, niños y adolescentes.

¿Qué más necesitan para echarlo a andar? ¿Qué sabemos de los niños de la Escuela Primaria Rural Col. Jardín Pueblo Viejo de los que nos contó Aníbal Santiago en 2016? ¿Cuántas primarias con fosas tenemos en este país? En esta interpretación multifactorial de la tragedia del viernes, aunque parezca evidente y casi parte del sentido común, es necesario apagar el incendio de violencia al cual están expuestos los niños mexicanos, lo digo porque hasta el momento el gobierno no hace más que repartir culpas y lamentar tragedias.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.