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19/08/2019
Actualización 19/08/2019 - 12:09

Hace como un año, en Así las Cosas, de W Radio, la periodista Gabriela Warkentin y yo entrevistamos a dos mujeres que formaban parte de la asociación Abuelas de Plaza de Mayo. Una de ellas había encontrado a su nieta en 2010, después de varias décadas sin dormir, pero también sin dejar que pasara un día sin buscarla; la dictadura militar de su país le podía quitar el sueño, pero nunca las ganas de un abrazo anhelado, el de una nieta que le recordaba que alguna vez tuvo eso llamado vida. En aquella conversación le pregunté por qué seguía buscando, por qué asistía todavía a cada evento, a cada marcha, por qué viajaba por el mundo buscando nietos ajenos, hijos que nunca conoció; me contestó algo que se quedó tatuado en mi cabeza, decía que en Argentina la única manera en la que había sobrevivido el movimiento de las Abuelas de Plaza de Mayo era haber hecho de los desaparecidos, NUESTROS desaparecidos, apropiarse de los que faltan. Por eso tras ocho años de haber encontrado a su nieta seguía levantando la voz, porque le seguían faltando tantos de SUS desaparecidos. Nos dijo que ese era el primer paso para encontrar la reconciliación, la paz y la justicia de México, teníamos que hacer NUESTROS cada uno de los desaparecidos y asesinados, decía que el peor error que podíamos cometer era pensar que son ajenos, que viven en lugares apartados y que nada tiene que ver la que desaparece en el Estado de México con la que vive en Baja California, sólo así, adoptando y sufriendo todos juntos a los que nos faltan podíamos entender la magnitud de la tragedia, pero también ayudar a resolverla.

En los últimos días ha habido un debate sobre si las protestas deben incluir vidrios rotos y pintas en monumentos históricos, no desgastemos nuestra indignación en algo que se repara en una tarde, piedras con colores, plásticos doblados y ventanas sin vidrios, ojalá esos fueran nuestros problemas. Urge entender la causa, la época trágica en la que vivimos de tiempos violentos de mujeres asesinadas, violadas y desaparecidas. Creo firmemente que a veces muchas personas se distraen en nimiedades porque no hacen SUYAS a las mujeres que nos faltan. El problema es que creen que son ajenas. Si logramos ver en cada una de las mujeres asesinadas que son nuestras, estoy seguro que más de uno donaría aerosoles de colores en cada marcha. Imaginemos el dolor de perder a tu mejor amiga, colega, a tu hermana, a tu prima, a tu mamá y no sólo eso, saber que nunca van a encontrar al asesino y si lo encuentran saber que NO pasará nada, que la impunidad inunda este país como un cáncer que todo destruye: instituciones, sociedades, gobierno.

Hoy serán asesinadas nueve mujeres, quizá más. ¿Cuánto tiempo más durará esto? ¿Cuántos años nos quedan de violencia desbordada? ¿A qué generación le tocará contar la historia de un México en el que alguna vez las mujeres no podían salir a las calles sin miedo?

Pienso en las Abuelas de Plaza de Mayo, en esa lucha compartida, en esa indignación por el hijo o la hija de alguien que sólo tiene en común la nacionalidad, en esa mañana en la que todo cambia y se encuentra la justicia después de 30 años. Ojalá entendamos eso como el primer paso para nuestra reconciliación, hoy a todos nos mataron a nueve mujeres, hoy el Ángel de la Independencia amaneció restaurado, los locales han vuelto a poner vidrios nuevos y los postes tirados otra vez están de pie, lo que no se ha reparado es la tranquilidad de ser mujer en este país.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.