'Made in the moon'
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'Made in the moon'

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'Made in the moon'

18/01/2019

La vorágine devoradora de vivir en nuestro país (no importa cuándo se lea esto), intensificada por la circunstancia excepcionalmente terrenal del desabasto de gasolina que ha generado una sensación de cierto caos, me ha mantenido como pocas semanas con la cabeza apuntando al suelo y con los ojos puestos en las esquinas, en las calles y en las avenidas. Fijándome especialmente en el minuto a minuto y en el paso a paso. En las caras, en las reacciones y en los gestos. Como pocas semanas me centré únicamente en leer, escribir y comentar sobre lo que pasa frente a nosotros, frente a mí. Sin embargo, más allá de mi vista –y la de cualquiera que no tenga un megatelescopio–, en el lugar más oculto que se me puede venir a la mente, estaba sucediendo algo alucinante.

El pasado 3 de enero, mientras aquí en la Tierra aún tomábamos antiácidos para recomponernos, alunizaba, en el lado oscuro, la misión china Chang’e 4.

Esto puede sonar a pan de cada día, pero, antes de este proyecto, ningún otro vehículo terrícola había conseguido alunizar, y mucho menos explorar esa zona de la Luna.

Sus objetivos múltiples iban desde simplemente llegar hasta realizar mediciones, tomar muestras y realizar variados experimentos sismológicos, geofísicos y biológicos. Claramente, todos estos de una complejidad que sería imposible transmitir en esta columna.

Uno de estos experimentos consistía en intentar la creación de una “minibiósfera simple” en esas condiciones, a priori desfavorables. Para ello llevaron desde nuestro planeta algunas semillas para germinarlas en el espacio. Las especies seleccionadas fueron: la siempre resistente papa, la canola y el algodón, los que, sumados a algunas levaduras y a huevos de mosca de la fruta, lucharían por sobrevivir en esa inimaginable adversidad.

Frente a todo pronóstico –no sé en qué me baso para decir esto, pero yo habría apostado por la papa o por las moscas de la fruta–, la semilla ganadora fue la del algodón.

Así, frente a las cámaras, como si de un reality selenita se tratara, germinó esta pequeña plantita, marcando un hito y entrando en la historia de la investigación espacial.

De inmediato aparecieron ilusionados reportajes que proyectaban este logro y lo traducían, en el mediano plazo, a metas muchísimo más ambiciosas, como la creación de una estación lunar permanente habitada por humanos, un sueño presente desde la mitad del siglo pasado.

Por el simple hecho de asomarse, esa pequeña floración encendió la ilusión y nos expandió las posibilidades de explorar y, por qué no, habitar más allá de nuestro planeta.

Mirando la televisión, seguramente alguno pensó que como ya crece el algodón, será cuestión de tiempo para que pongan una fábrica textil en la Luna; además, al no estar en la Tierra, no estarían obligados a cumplir condiciones laborales humanas. Ya lo veo, calcetines que en la etiqueta digan: Made in the Moon.

Esto último es improbable, pero, siendo sinceros, ¿para qué queremos mandarnos a colonizar el espacio, si sabemos lo que le hacemos a los lugares en los que habitamos?

La cosa es que la famosa plantita tuvo la vida de una leyenda del rock, corta e intensa.

Las imágenes que vimos de la planta germinada eran del sábado pasado, momento en el que el módulo lunar entró en modo de ahorro de energía y apagó su cámara como parte de este protocolo. Luego, cuando entraron en la fase llamada “noche lunar”, en la que durante catorce días la superficie del satélite se sume en las tinieblas, bajando sus temperaturas hasta los -170º C, el módulo apagó también su sistema de calefacción, llevándose la efímera existencia de la plantita de algodón más famosa de la historia.

En pocas palabras, la existencia de la vida en esa minibiósfera simple fue igual que la de una estrella fugaz: la vimos y nos ilusionó, a pesar de que ya llevaba un buen tiempo muerta.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.