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Lugares comunes

10/05/2019
columnista
Javier Risco
La Nota Dura

“Esto es fruto del trabajo en equipo”, “pagamos caros los errores”, “vendimos cara la derrota”, “nunca bajamos los brazos”, “el míster lo trabajó durante la semana”, “el equipo dejó la piel sobre el campo”, “esto es para la gente que siempre creyó en nosotros”, “cuando perdemos, perdemos todos”, “un partido no apto para cardíacos”, “el último minuto también tiene 60 segundos”, “¿puedo mandar un saludo a mi madre?”… Y así, ad infinitum, ad nauseam.

Lugares comunes y frases hechas. El futbol es pródigo en ello, tanto por parte de los que juegan como por parte de los que lo narramos e intentamos transformar en palabras e ideas lo inexplicable que sucede sobre el campo de juego. Lo que ha pasado esta semana en la Champions generó una verdadera oleada en redes y en medios, todos tenían los mismos redactores, un montón de cabezas compartiendo las mismas ideas.

Es que lo que sucedió se enmarca en todo lo incontrolable que sabemos que es ese deporte/pasión/opio del pueblo. Fueron dos películas, y no de terror, fueron de esas películas que te conmueven, de las que sales con ganas de abrazar a la gente. Fueron semifinales escritas y dirigidas por Ken Loach (absolutely british), historias en las que los protagonistas son personajes que en cualquier otra cinta serían reparto, figurantes sin texto, extras.

Los del Merseyside hicieron una revisión remasterizada de la siempre segura y palomera David y Goliat, porque ganarle al Barcelona es eso, es pelear con un oso. Sus héroes salieron de la nada, no estaban en ninguna quiniela, aparecieron y cambiaron la historia. Aún resuena la frase que dijo Klopp en la previa: “Es difícil, es una tarea titánica… saldremos a ganar, pero si perdemos será de una forma maravillosa”.

Los de Londres tocaron otras teclas para llegar al mismo resultado, fue un concierto de Lucas Moura con orquesta, y el movimiento de cierre fue espectacular, conmovedor.

Hoy, que vuelvo a ver por enésima vez el resumen del Liverpool-Barça y por décima vez la remontada del Tottenham, creo que el lugar común es el llanto. Lloraron los ganadores y los perdedores, los niños holandeses y los experimentados entrenadores, lloraron los hinchas y los dirigentes, nos emocionamos todos.

Lloró Messi llegando al vestidor, no lo vimos, nos lo contaron, pero podemos imaginarlo. Él es el mejor, lo hemos visto hacer cosas imposibles, irreales, maravillosas; sin embargo, también lo hemos visto llorar muchas veces, demasiadas, más de las que vimos llorar a Maradona, a Pelé y a Cruyff. Hemos sido, nuevamente, testigos de uno de sus malos días, de esos en los que no le sale nada, como si se le hubieran acabado los trucos. De esos días en los que su impostor salta a la cancha y de ese impostor sólo sabemos que es de llanto fácil. El llanto es el lugar común que comparto con Messi, lo entiendo, o el niño que un día fui lo entiende, él lloraría también si una semana es la estrella y seis días después es el culpable de los males del mundo.

Sólo soy un fanático más de los que ayer y antier llenaron de frases hechas sus perfiles, pero puedo decir que he visto el futbol cambiar mucho desde que tengo memoria.

Creo que, de los cuatro equipos semifinalistas, el que mejor jugaba, y por mucho, era el Barcelona; sin embargo, los otros tres son mejores equipos de futbol, y un equipo son 22 jugadores con sus 22 corazones, un cuerpo técnico, un estadio, una ciudad, una ilusión, no dependen de los buenos días porque en Inglaterra escasean.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.