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Lozoya VIP

13/02/2020
Actualización 13/02/2020 - 11:19
columnista
Javier Risco
La Nota Dura

De todas las historias publicadas ayer sobre la detención de Emilio Lozoya, la que retrata de cuerpo entero al exdirector de Petróleos Mexicanos es la escrita por el periodista Nacho Sánchez en el diario El País. Titulada 'Emilio Lozoya, prófugo en una urbanización de lujo', nos cuenta el lugar donde vivió sus últimos minutos en libertad el expriista, nada más y nada menos que en La Zagaleta, una zona residencial para billonarios en Málaga, al sur de España.

Así lo describe Sánchez: “Una finca de 900 hectáreas que cuenta con un riguroso control de acceso y donde existen 240 mansiones de ensueño cuyos propietarios son, en su mayoría, anónimos. Es precisamente lo que buscan quienes residen allí: pasar desapercibidos, el máximo lujo […] las residencias, que tienen precios de entre cinco y 50 millones de euros, acogen a futbolistas, empresarios y multimillonarios de todos los rincones del planeta, algunos de ellos de Silicon Valley”. La justicia española lo tenía ubicado desde inicios de este año, y ha reportado a los medios locales que el detenido “ha sido educado” al momento de su arresto.

Registrado bajo otro nombre, Lozoya no rentó ninguna casa y el reporte de las autoridades españolas señala que era “huésped invitado” de uno de los multimillonarios propietarios de una de las residencias. Protegidos hasta el final por los poderosos, los delincuentes de cuello blanco viven a salto de mata entre palmeras, atardeceres espectaculares y piscinas de revista. Cuánto aporta que haya sido detenido ahí, la cantidad de dinero que lo envuelve hasta el último de sus días en libertad deja pistas para desenredar la cadena de favores y las redes de protección desde que estuvo en el círculo más cercano del presidente Enrique Peña Nieto.

El personaje, hoy detenido, es el claro representante de los funcionarios llenos de excesos de los gobiernos anteriores, con declaraciones patrimoniales que incluían casas de 40 millones de pesos, obras de arte de más de 300 mil dólares, relojes de poco más de un millón de pesos, viajes en helicóptero de su casa al trabajo todos los días, casas en la playa de 1.9 millones de dólares, el servidor público modelo que, aun en la huida, era incapaz de frenar un nivel de gasto que facturaba sumas millonarias cada mes.

Acusado de recibir cerca de 10 millones de dólares en sobornos de la empresa Odebrecht, uno de los amigos más cercanos del expresidente ensucia a toda la cúpula de políticos que estuvo entre 2012 y 2018. En su libro Sin filias ni fobias: Memorias de un fiscal incómodo, el hoy responsable de la Unidad de Inteligencia Financiera, Santiago Nieto, narra los actores políticos que lo acorralaron hasta su destitución después de haber acusado a Emilio Lozoya de “presiones” por exhibirlo en la trama de corrupción de la empresa brasileña; ahí aparecen senadores priistas, secretarios de Estado, procuradores cómplices, todos eran parte de un aparato que lo aplastó. Ayer, al enterarse de su detención, Nieto dijo sentirse “contento”, los papeles se invierten en la dinámica del poder.

Raúl Olmos, el periodista que más ha investigado la figura de Lozoya, apuntaba la necesidad de un “Maxiproceso”, y ve inminente una investigación en curso sobre el expresidente. Si así vive un prófugo de la justicia no quiero imaginar los exgobernadores y exsecretarios de Estado que se han refugiado en la impunidad, que hasta ahora creen pasar desapercibidos. Por lo pronto, esta detención podría convertirse en un molde impecable de la lucha contra la corrupción, con una carpeta bien hecha, un juicio que respete el debido proceso... en fin, un modelo que marque el sexenio, es la gran oportunidad, todos esperamos que no falle.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.